22 de diciembre de 2010

para el recuerdo


La vida viene... y va... no se detiene

Las experiencias se viven... se agolpan... pasan... quedan... pero siempre en el recuerdo

Las personas influyen... enriquecen... perduran... a veces sólo en el recuerdo

Y la vida sigue... sigue... sigue...

19 de diciembre de 2010

¡vaya!





domingo tranquilo, música estimulante, compañía agradable, conversación gratificante, comida...




¿LENTEJAS?

5 de diciembre de 2010

por arte de magia



Las Navidades se están acercando. De puntillas hace dos semanas, a pasos agigantados ahora.

La sensación es extraña, como todos los años.

Nunca he sabido muy bien explicar, ni siquiera a mí misma, por qué no terminan de llenarme estas fechas, ¿o sí?

No es que no me gusten, no es eso, pero tampoco puedo decir que me encanten. Hay días en que lo paso bien y días en que desearía no levantarme de la cama y no acudir a ninguna reunión.


Puede que influya el hecho de que no creo en el Nacimiento de Dios, no lo celebro y por tanto para mí es únicamente una tradición como otra cualquiera, ¿o no?

Los sentimientos se superponen, como en una torre de piezas de madera que un niño va amontonando, uno agradable, otro aburrido, uno bonito, otro tristón.

Días que antes de que lleguen ya estoy deseando que pasen.

Escucho a personas decir que en estos días se ponen tristes porque se acuerdan de personas queridas que ya no están. A mí esto no me ocurre, ¿o sí?

Efectivamente me acuerdo de algunas personas que ya no están, porque murieron o sencillamente porque la vida los llevó por otros derroteros, pero esos recuerdos no aparecen sólo en Navidad, van y vienen a lo largo del año como muchos otros recuerdos.

Sin embargo sí me pongo tristona, más que tristona melancólica, y es una melancolía inexplicable, ¿o no?

Me hace más ilusión desde que vuelve a haber pequeños en la familia, por supuesto. La Navidad sin ellos, en mi caso, llegó a perder el sentido prácticamente por completo.

Ahora es diferente, ellos aportan alegría y ganas.

En el puente de diciembre montamos el Nacimiento y da gusto ver cómo derrochan ilusión. Ponemos bolas en el árbol y es emocionante ver cómo a su lado parece cada año más bajito.

Les enseñamos villancicos, tocamos la pandereta con ellos y les ayudamos a escribir la carta a Los Reyes Magos.

Esa que luego escanearemos para conservar hasta que sean mayores y la lean muertos de risa y añoranza.

Esa que les diremos que entreguen a un falso paje, que se la entregará a un falso rey, que supuestamente la leerá y, que si se portan bien, les traerá algunas de las cosas que hayan escrito o dibujado dentro.

Algunos pensarán que prima en mí un comportamiento consumista y poco solidario, y seguramente tengan razón, porque una de las cosas que más ilusión me hace es pensar, buscar, comprar, preparar y esconder los regalos de todos.

Mientras hago esto me olvido por un rato el decidir qué se cenará y comerá cada día, en casa de quién y con quienes.

En mi familia siempre hemos mantenido las sorpresas a pesar de cumplir años, y mientras me ocupo de prepararlas me siento un poco como una Reina Maga.

Esa en la que todos querríamos creer. A la que nos gustaría conocer. La que nos haría felices una vez al año porque aún creeríamos en la magia.

La que nos mantendría en vela pensando de dónde viene, por dónde entra y cómo hace para llegar a todas partes en una sola noche.

Cuando me siento Maga, en mi mente se suceden pensamientos alegres, imágenes de los niños acostándose por la noche llenos de esperanza después de haber colocado los zapatitos limpios bajo el árbol. Después levantándose por la mañana entre nervios y emoción y quedándose con la boca abierta ante los regalos que “les han traído”.

Esas caritas son lo único realmente sincero de todas estas fiestas.

Luego, según se acerca el Año Nuevo, me vienen a la mente también otras imágenes, no tan agradables. Las de ese momento tan decepcionante en el que me enteré de la gran mentira.

Las del día aquel de mi infancia en que Pablo llegó a clase diciendo que LA MAGIA no existía, que CREER en ella era de niños pequeños.

El instante en que esa ilusión que tantos años me había acompañado se esfumó, esta vez sí, por arte de magia.

Y es posible que ese momento, en el que inevitablemente me hice un poco mayor en contra de mi voluntad, sea lo que me impide ver la Navidad como algo maravilloso, como un tiempo inmensamente feliz.

Porque no puedo evitar pensar que ELLOS pasarán antes o después por el mismo trance.

¿O no? 

29 de noviembre de 2010

unas líneas




Estaba sentada en la cama, apoyada en unos cojines y leyendo.

La verdad es que no era un día muy animado, ni por fuera ni por dentro. Lo mirase como lo mirase, era un día gris.

De vez en cuando levantaba la vista hacia la ventana. Fuera no paraba de nevar, ya llevaba varias horas.

Ahora los copos eran más grandes y cuando el viento los removía parecían alocadas bolitas de algodón correteando en espiral.


Si los contemplaba de forma continuada le parecía que cobraban vida que, en realidad, eran pequeños entes esponjosos que venían hacia ella, huyendo despavoridos de algo invisible.

A gran velocidad se revolvían, se agitaban, se atropellaban y se empujaban unos a otros intentando llegar a algún refugio al otro lado de la ventana.

Observaba como algunos chocaban contra el cristal dejando tras ellos un rastro húmedo. El resto pasaban de largo, escapando, desapareciendo de su vista y dejando en ella una extraña sensación de urgencia e incertidumbre.

Abandonaba las imaginaciones para continuar leyendo, el libro que tenía entre manos le estaba gustando mucho.

Aun así no podía evitar alzar la vista de vez en cuando hacia ese cielo cubierto pero a la vez luminoso, que hacía que los copos a contra luz pareciesen más grises que blancos.

Fue entonces cuando empezó a sentirlo. Otras veces lo había hecho, pero no de la misma manera.

Esta vez parecía más un “el momento es propicio” que un “esto me parece interesante para contarlo”. Era más como un “atrévete y prueba a ver qué pasa” en lugar del habitual “voy a ver que sale hoy”

Y así, entre centrarse y descentrarse en la lectura, mirar embelesada el fenómeno natural más blanco del año, soñar despierta con la gran evasión de los copos sin dueño y dejarse tentar por la idea que iba y venía, finalmente cerró el libro, alargó el brazo, cogió rotulador y cuaderno y sin pararse a pensar en “qué”, dejó que su mano derecha se ocupase del resto.

El resultado: estas líneas, que antes fueron manuscritas.

23 de noviembre de 2010

la mujer veleta


voy - vengo
entro - salgo
subo - bajo
bailo - descanso
saludo - esquivo
canto - callo
doy - pido
río - lloro
entrego - quito
escucho - ignoro
llamo - huyo
regalo - robo
expreso - escondo
abrazo - empujo
necesito - detesto
acaricio - araño
beso - escupo
soy - falto

7 de noviembre de 2010

origen



Podemos definir al ser humano como un procesador activo de información. En su mente, la información recogida por el sistema sensorial, fluye a través de un sistema cognitivo cuyos componentes básicos son la atención, la percepción y la memoria.

Nuestro cerebro organiza las percepciones y nos permite captar la realidad como mundo, como realidad organizada, estructurada, plena de sentido y significación. 

Sin embargo nuestra mente, como los músculos de nuestro cuerpo, de vez en cuando se cansa y necesita unas vacaciones, un fin de semana tranquilo o, como mínimo, un ratito de asueto.

Una de las técnicas utilizadas para este fin es la meditación, que consiste en conseguir un estado de atención concentrada, sobre un objeto externo, pensamiento, la propia consciencia, o el propio estado de concentración.

Coloquialmente hablando sería fijar la mente en algo concreto y no prestar atención a pensamientos e ideas que puedan aparecer, simplemente dejarlas pasar de largo. El culmen del proceso sería dejar la MENTE EN BLANCO, evitar pensar en nada.

Dicho así suena complicado y efectivamente lo es. Pero el hecho de intentarlo, sentándonos, cerrando los ojos y concentrando nuestra atención en algo que no sean nuestros problemas cotidianos, hace que nuestra mente se libere y relaje, que no se ocupe por un rato de las cosas que la agitan y que la tienen tan atareada, y que pueda descansar de sus obligaciones. La verdad es que se lo tiene merecido.

Lo más complicado en no pensar en nada, es prácticamente imposible. Por eso se suelen utilizar diferentes técnicas como son las visualizaciones de imágenes, escuchar una música relajante, centrarse en la propia respiración o repetir algún sonido concreto que desocupe la mente de pensamientos non gratos.

Además de la meditación existen otras actividades que producen efectos quizá no tan relajantes pero sí bastante similares, consiguiendo que durante un periodo corto de tiempo NO PENSEMOS demasiado. Un buen ejemplo es una hora de danza oriental, jugar al pádel con los amigos, tocar un instrumento o cantar una canción a voz en grito, es decir, realizar cualquier actividad que nos resulte satisfactoria.

Las personas recurrimos a estas prácticas cuando nos sentimos estresadas o cuando nuestra mente se satura, lo cual, por desgracia, ocurre más a menudo de lo que desearíamos.

Todo esto viene a colación porque ayer descubrí un método infalible para descansar la mente.

Consiste más bien en todo lo contrario a lo que he mencionado. La técnica se basa en la saturación de la mente, en agotarla para que luego se sienta totalmente relajada, en hacer que PIENSE MÁS, mucho más todavía de lo que suele hacerlo y, a ser posible, en algo en lo que no suele pensar, para que no se disperse.

Ayer pude comprobar que si tienes tu mente ocupada durante dos horas y media en algo complicado pero a la vez estimulante, algo inverosímil pero que a la vez puede parecer real, algo que no tiene nada que ver con sus pensamientos cotidianos y que no la deja descansar ni un segundo, al final llega a un estado muy agradable similar a la flotación, que le impide prestar atención a ideas y problemas cotidianos. Se olvida de todo lo que hay alrededor porque le es imposible quitar su atención de eso que le ronda.

Estarás pensando: ¿dónde encuentro ESE ALGO que haga tanto por mi mente sin pedirme nada a cambio?

Yo ayer lo encontré.

Decidimos sobre la marcha ir al cine por la noche. La verdad es que todas las personas a las que habíamos comentado que queríamos ver esa película nos habían dicho que era muy buena, que estaba muy bien hecha, que nos la recomendaban. Sí, personas con los gustos más dispares coincidían. Por suerte ninguna nos había dicho absolutamente nada sobre el argumento, cosa por otro lado poco frecuente ya que siempre aparece ese/a que, sin mala intención eso sí, te cuenta un detalle que no debías saber. Pero en este caso, además de haber sido todos muy discretos, hacían incapié en que “íbamos a pensar mucho”.


Después de haberla DISFRUTADO con mayúsculas, puedo asegurar que durante esas dos horas y media no dejas de estar atento a la pantalla, más que a la pantalla es a la situación, ya que te olvidas de que estás en el cine. Que mantiene tu atención durante el cien por cien de la película, y recalco el cien por cien, pero no como en otros casos porque si dejases de prestar atención durante un minuto te perderías para siempre y no te enterarías de nada, sino porque no quieres dejar de atender, te absorbe hasta ese punto. Y que, en definitiva, ni un solo segundo dejas de PENSAR, pero de pensar en lo que estás viendo, en lo que está pasando, en lo que estás viviendo junto con los personajes, en lo que estás sintiendo y en lo que estás llegando a alucinar en un ratito.
 
Y cuando acaba sigues pensando, en lo que tendrá en la cabeza el creador, en lo pasaría si..., o simplemente en si...

Creo que no existe una mejor manera de evadirse un rato de la realidad y por tanto de las preocupaciones, que sentarse en la butaca de un cine con buena compañía y gozar del pensar (o no pensar) que te proporciona ORIGEN.


(Agradecería que si algún lector que ha visto la cinta va a dejar un comentario no dé ninguna pista sobre el argumento de la película. Gracias)



27 de octubre de 2010

tacto terapéutico

Hace poco leí un artículo en una revista de terapias alternativas, que hablaba de los beneficios del contacto físico.

Decía que está comprobado que el tacto es una fuente de equilibrio psicofísico, e incluso de supervivencia. Tocar y ser tocado produce reacciones hormonales de felicidad y más ganas de tacto. La carencia de contacto, por el contrario, genera ciertos rasgos psicológicos no deseables.

Si abrazamos y nos dejamos acariciar mejora nuestra salud física y mental, aleja el estrés y la ansiedad y sobre todo nos permite crear mayores lazos de intimidad con los demás.

Parece ser que el problema es que el tacto es un sentido olvidado por una gran parte de nosotros y que cuesta mucho recuperar.

Claro, leyendo estas cosas una se para a pensar y se da cuenta de que, desgraciadamente, es cierto. Vamos por la vida con prisas, con desconfianzas y con miedos a “la gente” y eso nos hace ir alejándonos y creando una especie de burbuja a nuestro alrededor para que no nos pase nada. Lo que sí pasa es que desaparece también el afecto y con él el contacto físico y con él un montón de sensaciones que dejamos de disfrutar.

Yo el otro día no renuncié a dejarme tocar. Sí, fui a la peluquería y como me tocaba esperar a que mi peluquera terminase, otro peluquero me fue lavando la cabeza. Quería que se me hiciese corto el tiempo de espera y se volcó en el lavado. Es difícil describir con palabras lo que se transmite a través del tacto, pero voy a intentarlo.

En este caso no sé si sería la necesidad de contacto de la que hablaba la revista o que me pilló sin prisas y abierta a recibir, el caso es que me pareció el mejor lavado de cabeza de toda mi vida (y me han hecho unos cuantos).

No se puede decir que fuese sólo el masaje, fue TODO. Desde el principio hasta el final. Desde que me cogió la cabeza por la base de la nuca levantando el pelo para acomodarla al lavadero, hasta que me la enrolló en la toalla al terminar toda la operación.

El proceso debía ensimismar incluso visto desde fuera porque mi peque, que estaba conmigo y hablando sin parar como siempre, se sentó a mi lado y según el chico me puso las manos en la cabeza, ella se calló y no volvió a abrir la boca hasta que me levanté de la silla. No paró de mirarle ni un minuto (eso creo, porque la verdad es que yo llegué hasta a olvidarme que la había llevado conmigo).

Abrió el grifo de agua caliente, la dejó a la temperatura exacta. Con una mano movía el grifo para llevar el agua a todas partes, con la otra empezó a rozar mi pelo para ayudar a que se empapase. Los movimientos eran a la vez delicados y decididos. Cerró el grifo y me preguntó ¿champú normal? sí, por favor. Entonces empezó a repartirlo por la cabeza, a rozar con sus dedos mi cuero cabelludo. Me dio unos ligeros tirones de pelo que activaron la circulación produciendo un hormigueo muy estimulante.

El ritual continuaba. Frotaba el pelo con suavidad y sus dedos masajeaban sin tregua. La presión perfecta. Yo empecé a recordar el artículo de la revista y me dejé llevar por el momento, decidí no perder un segundo de placer porque ese tacto, ese roce del peluquero me estaba transportando a un mundo nuevo, un mundo sólo de sensaciones, en plan anuncio de Herbal Essences.

Abrió de nuevo el grifo y me preguntó ¿está bien el agua?, y yo dentro de mi trance, sí muy bien. Y pensé: el agua y lo que no es agua, chato.

Me enjabonó de nuevo y repitió todos los pasos desde el principio, los circulitos en las sienes, los roces en los laterales de la cabeza, la presión en la coronilla con la palma de la mano, el masaje en la parte alta del cuello. Los escalofríos recorrían mi espalda. Cuando parecía que aquello no iba a terminar nunca y que podría llevármelo a casa para que continuase con su labor, abrió el grifo de agua fría y me dijo: agua fresquita para terminar. ¡Una verdadera lástima!

Creo que la única diferencia entre los lavados de mi vida anterior y éste, es que él no tenía problema en tocar, que no vivía en una burbuja, que disfrutaba mientras lo hacía, que la sensación relajante-estimulante que yo estaba sintiendo, era equivalente a la que sentía él haciendo su trabajo en mi cabeza.

Pues eso, hay que tocar y dejarnos tocar para que nuestro cuerpo y mente nos lo agradezcan.

Yo se lo agradezco al peluquero.


(la fotografía se la dedico a mi mami)

22 de octubre de 2010

¿iguales?

Nunca me ha gustado la política y sigue sin gustarme. Como no me gusta no le presto demasiada atención y por eso tampoco entiendo. Sé que hago mal en no interesarme porque la política nos afecta a todos, pero muy a mi pesar soy de las que en el fondo piensan que por mucho que yo diga los políticos siempre van a hacer lo que quieran. Sé que debería involucrarme más, pero no soy capaz de meterme en la cabeza que si todos hiciésemos lo mismo que yo estaríamos perdidos. Ya, pero soy así, no me interesa y no me interesa, punto.

Pero hay una parte que suele llamar mi atención, es el tema de las políticas sociales. Puede ser porque las siento más cercanas y entiendo un poco más que de economía por ejemplo, o puede ser que mi incultura política alcance lo suficiente como para que aprecie los cambios en estas áreas, o las mejoras o los empeoramientos.

Por eso hoy, cosa rara en mí, me apetece opinar sobre una parte de la política. Siento la necesidad de aplaudir la desaparición del Ministerio de Igualdad, por lo menos tal y como estaba siendo hasta ahora. Puede sonar raro, pero es que las cosas que han llegado a mis oídos sobre este ministerio no han sido precisamente acciones hacia la igualdad.

Nunca me he considerado feminista ni lo contrario. Siempre he estado a favor de la igualdad entre hombres y mujeres en lo que al mundo laboral se refiere, en cuanto a derechos y obligaciones y en general en todo, menos en el aspecto físico claro, no creo que llegase a atraerme un hombre con falda, enseñando sus pelos a través de las medias, y no me encontraría atractiva dentro de un elegante traje azul marino y con una corbata al cuello ¡qué agobio!

Sin embargo, hasta donde llegan mis entendederas, Bibiana Aido ha dedicado su política a beneficiar ÚNICAMENTE a la mujer. No niego que ha hecho mucho por prevenir y evitar los malos tratos a las mujeres (o por lo menos lo ha intentado), y asumo que la mujer aún necesita mucha ayuda en su lucha por conseguir la igualdad, pero considero que la igualdad es otra cosa y debe aplicarse a todos los ámbitos.

Queda mucho camino por recorrer para que los hombres tengan los mismos derechos que las mujeres en temas de familia. En mi círculo de conocidos hay no pocos divorciados que, desgraciadamente, se las ven y se las desean para poder disfrutar de una vida NORMAL con sus hijos.

Con la creación de este ex – ministerio algunos esperábamos no volver a escuchar a un amigo decir “tengo que recoger a la niña en el garaje porque su madre no me deja subir a la puerta de su casa”, o “además de pagar el 50% de la ropa de mi hijo me toca comprarle ropa para mi casa porque su madre no me deja muda para el fin de semana”, o “me entero de las reuniones y actividades del colegio del niño por otros padres porque el colegio sólo envía notificación a la madre”, o peor “sólo puedo ver a mi hijo 8 días al mes porque no me dan la custodia compartida”, o peor aún el caso de un padre al que una jueza feminista, sensible a las lágrimas de la madre, amenaza con quitarle el derecho de pernocta de sus hijos como castigo por no llevar al niño una mañana al colegio 100% debidamente uniformado.

Estas cosas desgraciadamente existen, no sólo existen sino que abundan y forman un elevado porcentaje de casos de padres divorciados que se ven un buen día separados de sus hijos y además tienen que vivir en lucha constante para poder disfrutarlos A MEDIAS.

Si el Ministerio de Igualdad no ha sido capaz de tener en cuenta esto, a mi modo de ver no puede hablarse de igualdad. Por eso me alegro de que desaparezca. Una injusticia menos que financiar de nuestros bolsillos.


12 de octubre de 2010

el extraño fenómeno


Tengo serias dudas sobre el origen de este fenómeno que mueve masas.

No llego a entender muy bien qué encuentran los padres en él, pero menos entiendo que a los niños les entusiasme de este modo.

Me refiero a ese extraño ser denominado Bob Esponja.

Mi hija estuvo casi un año sin verlo porque le daba miedo un fantasma que salió el primer día que lo vio en casa de otros niños. Menos mal, pensaba yo, no tengo que discutir con ella para que no lo vea.


Hace unos meses me dijo que ya le gustaba, claro a fuerza de metérselo por los ojos allá donde vamos, globos, carpetas, estuches, muñecos, vajillas, pasta y cepillos de dientes, mochilas, ropa, incluso tartas.

Le dejamos verlo un par de veces y la pobre lo miraba muy seria, y nos dijo: dicen tonto. Si sólo dijeran tonto hija, pensé yo.

Le expliqué, como pude, que no me gustaban esos dibujos porque insultaban y decían palabras feas y salía un extraño ser amarillo que hacía de una hamburguesa su mascota hasta que se acaba pudriendo y le salían gusanos, y que gritaban mucho y que, en resumen, no son dibujos apropiados para una niña de tres años.

La cría convencida, creo que porque en el fondo sigue sin entusiasmarle, aceptó no ver esa serie y seguir con otras más educativas.

De vez en cuando nos pide permiso y le dejamos ver un capítulo para que no se sienta el bicho raro del planeta, y desayuna con la taza que le han regalado decorada con el susodicho dibujo.

Ahora que yo, sigo sin entender que los niños disfruten con esto.

Puedo jurar que he intentado en varias ocasiones encontrarle la gracia, no lo he conseguido. He escuchado atentamente para encontrarle la ironía, también sin éxito. He buscado y rebuscado en los diálogos a ver si lo que tenía que encontrar era otra cosa y, nada de nada. He mirado los dibujos a fondo, muy a fondo para ver si apreciaba algo especial, y no.

Todos los intentos han sido nulos. No le encuentro la más mínima gracia, tienen muy mala leche y dicen tacos. Fomentan el egosimo, el odio y otros muchos comportamientos que nos buenos para la educación de los niños. Eso sí, tampoco es un diálogo irónico y ácido para adultos como puede ser el de los Simpsons. Y los dibujos son de lo peor que he visto en años, feos y sin gracia.

Con todos mis respetos a sus fervientes seguidores, estoy deseando que termine la temporada y espero que no haya segundas partes.

9 de octubre de 2010

las estaciones de la vida

Hace poco leía en un correo una frase, más bien varias, que me dieron un pequeño empujón, ¿hacia dónde? pues no estoy muy segura, porque al mirar esas palabras, al dejarlas pasar a mi cerebro y al entenderlas pensé que la cosa era mucho más sencilla. Pero el caso es que desde ese día me rondan la cabeza.

La frase principal decía: “Si nos damos por vencidos cuando es invierno perderemos las oportunidades de la primavera, la belleza del verano y las promesas del otoño”

Me repito, vuelvo a escribir sobre las estaciones y, por tanto, sobre los cambios a lo largo de la vida, concretamente de la mía.

Con los años voy dándome cuenta de lo cierto que es eso que nos explicaron en filosofía sobre el devenir. Es un concepto precioso si te paras a pensarlo.

Por devenir se entiende el hecho de que, en la realidad nada es estático, sino un flujo o una corriente dinámica. Es decir, algo es ahora, pero dejará de serlo inmediatamente después, para pasar a ser otra cosa.

Así que yo no soy, sino que devengo, entonces no soy todavía un ser, sino que más bien estoy en proceso de ser y puede que llegue a ser o que me quede en el camino. Uf, que lío.

Si esto es cierto, que parece que lo es, está claro que no debemos anclarnos en un momento de nuestra vida, ni en lo que sentimos durante ese periodo, ni en las experiencias que tengamos hoy. Más bien verlo como algo temporal, pasajero y si somos capaces, como algo de lo que aprender.

El correo continuaba: “No dejemos que el dolor de una temporada destruya el gozo de las demás y no juzguemos la vida por una época difícil. Debemos mantenernos firmes ante las dificultades y mejores tiempos vendrán con plena seguridad“.

Voy entonces a probar a vivir mi devenir con ganas y recordar lo bueno del pasado, sin pensar en qué me deparará el futuro, esperándolo sin ansia y recibiéndolo a cada momento como llegue, intentando adaptarme a él, o quién sabe si adaptándolo a mí.

La verdad, esto de filosofar es agotador. Lo dejo para los expertos.

1 de octubre de 2010

¡qué mono!



Definición de síndrome de abstinencia: conjunto de síntomas que experimenta una persona que ha desarrollado dependencia de algún tipo de sustancia y la suspende bruscamente.

Este síndrome también puede presentarse en algunas patologías psicológicas como la dependencia emocional, donde no se depende de una sustancia o droga, pero sí de afecto desmedido o dependencia hacia otra persona.

Los síntomas que presenta una persona durante el síndrome de abstinencia es la agitación, inquietud, sudoración, frío, nauseas, vómitos, fatiga, irritabilidad, insomnio, pérdida del apetito y sobre todo ansiedad.


Coloquialmente lo conocemos como “mono”, y aunque nos parece que a nosotros nunca nos va a pasar, es bastante común encontrarnos conocidos que nos dicen “tengo mono de esto" o "tengo mono de aquello”.

Pues sí. Cuando una persona se separa de esa sustancia o persona que le tranquiliza, le da seguridad o simplemente le hace sentirse bien, se produce una avalancha de sensaciones y sentimientos que son difícilmente manejables sin ayuda y entrenamiento.

El esfuerzo que realizamos para no dejar que se vean esos síntomas o para intentar no sentirlos, produce un desgaste enorme que nos deja exhaustos y sin fuerzas para enfrentarnos a nuestro día a día de forma correcta.

Yo estos días pasados he sentido algunos de estos síntomas. Me he asustado y he decidido autoanalizarme para saber si ESO era un síndrome de abstinencia.

Conclusión: SÍ.

Por suerte no es algo tan grave como parecía. No estoy enganchada a ninguna sustancia, ¡qué estabas pensando!

Se trata de retomar una de mis clases de baile que había dejado y seguro que el síndrome desaparecerá como por arte de magia.

Nunca pensé que dejar una hora de danza oriental pudiese producir tanto MONO.

26 de septiembre de 2010

¿cenas o disfrutas?


No hace falta conocerme demasiado para darse cuenta de que detrás de este cuerpín delgado se esconde una mujer a la que gusta disfrutar de los placeres culinarios.

Tengo que confesar que la cocina no es la habitación de la casa que más me interesa visitar, lo que sí me gusta es probar todo lo que sale de ella.

Podría decirse que es fácil conquistarme por el estómago (aunque no debería dar pistas)

Éste fin de semana no puedo quejarme de estar abandonada en estos aspectos.

El viernes pasé una noche estupenda cenando con mis vecinas. Desde septiembre del año pasado tenemos una costumbre que recomiendo a todas las mujeres: reunirse una vez al mes o cada dos meses para cenar en casa de cada una y dejarse cautivar por el menú que prepara el marido de la anfitriona, que se convierte a su vez en anfitrión y protagonista. Sí, realmente no sé cómo llegamos a convencer a 12 hombres de que nos gusta que cocinen para nosotras y que nos encanta que lo hagan por turnos.

En esta ocasión mi vecino R. contando con la ayuda del pinche C. nos deleitó con una cena a lo grande en la que disfrutamos de lo lindo.

Pero los alimentos que todavía tengo en mente son los de anoche.

Mi querido compañero de sentimiento decidió prepararme una cena sorpresa en casa, así no hacía falta “colocar” a la peque en ningún sitio, sólo había que esperar a que se durmiese (desde aquí le agradezco públicamente que lo hiciese relativamente temprano).

La cena fue sencilla pero impresionante. Elaborada con muy buena materia prima y sobre todo con mucho cariño.

Así da gusto cenar.

El cocinero compartió conmigo no sólo los solomillos de buey con foie, tiernos y muy poco hechos, sino también una estupenda y larga conversación que convirtió una simple noche de sábado en una agradable velada.


21 de septiembre de 2010

¿me das un beso?


Sé que es de buena educación y que es una costumbre e incluso una norma social, pero es que yo debo ser muy arisquita. El caso es que no me sale de dentro eso de quedar con alguien de mucha confianza a quien veo prácticamente a diario y, si la he visto esta mañana, ahora por la tarde darle dos besos. Me pasa con mi familia, con mi cuñada, con mis vecinas.

Las mamás del cole son un claro ejemplo. Nos vemos por la mañana en la entrada: “hola, hola”; y nos enrollamos 20 minutos. A las cinco volvemos a vernos: “¿qué tal?, bien ¿y tú?”; y estamos media hora hasta que nos despedimos de todos y conseguimos irnos de allí. Volvemos a vernos en el parque, como todos los días y estamos dos horas de reloj hablando. Pues resulta que si un día nos encontramos por la calle, o quedamos a tomar algo un viernes por la noche, o a comer con los maridos y niños el domingo parece que lo que procede es darse dos besos. A mí, qué queréis que os diga, no me sale natural. Ellas ya se lo toman a risa y hacen el típico comentario de: “a Marta, a Marta, que no le gusta”. Y ji ji, ja ja, y yo me río también porque la situación me parece cómica. Pero en el fondo de mi alma permanece la duda de por qué me cuesta tanto ese gesto y pienso: ¿tendré alguna tara?

Yo pensaba que esto era algo que se iba acentuando con los años, sin embargo viendo a mi hija me doy cuenta de que debe ser algo más innato que adquirido. A ella le pasa lo mismo, o si me apuras peor.

El ritual se repite todos los días a las cinco de la tarde: Eva cariño, da un besito a tus amigos; y la cara de la niña es un poema, me mira intentando transmitirme: “mami, si llevo ocho horas con ellos y mañana más de lo mismo”… claro yo no la fuerzo. A veces intento que dé un beso a los dos niños que, yéndose al extremo opuesto, no entienden la vida sin un beso diario de su amada amiga.

También me consuela encontrar de vez en cuando alguien como nosotras, ¡ah existen! y comprobar que en el resto de su persona no se aprecia ningún rasgo extraño, ¡bueno, no seremos tan raras!

Y digo yo ¿no será mejor abrazar y besar cuando el cuerpo te lo pide? Este tipo de besos deberían dejarse para los actos sociales.

A estas mismas personas a las que queremos, les damos gustosas un abrazo sentido cuando la situación lo pide. A mí eso sí me sale de dentro, lo hago con ganas y ellas lo saben.

P.D.: Mi madre acaba de leerlo y me dice que lo mío es herencia de ella que cuando ve a su amiga Graziela se dicen “¿nos besamos?”.

20 de septiembre de 2010

como niña con zapatos nuevos


Ya escribí sobre el comienzo del otoño, siento repetirme.

Es que acabo de vestirme, me he puesto unos zapatos nuevos de cordones tipo deportivo, de un azulón muy discreto él, que me encantan. Soy de esas personas que si compra algo hoy, necesita estrenarlo antes de ayer. Y claro una semana guardados en su caja... ¡qué solitos estaban!

Me alegra tanto que haga fresquito. Me los pongo con mis vaqueros ajustados (también nuevos) de pata un poquito ancha, de esos que te vas pisando la parte de atrás, mi camiseta de manga larga, no sea que se me queden los brazos fríos, y a esperar que lleguen las dos y media que tengo que salir.


Hace un par de días alguien me dijo que el otoño afecta al ánimo y yo le contesté "pero si el otoño aún no ha llegado", qué quivocada estaba. No sé cuantos dias quedan para que entre en el calendario, pero en mi pueblo ya ha hecho aparición.

¡Y allá voy, a la calle, en otoño, contenta y de estreno!

17 de septiembre de 2010

adios culpa


Hoy una persona muy importante para mí me comentaba que otra persona entendida le hablaba del gran error que es sentir culpa.

Le decía que la culpa no es un sentimiento natural, no nacemos sintiendo culpa por nuestros fallos, es algo que aprendemos a lo largo de nuestra vida.

Parece ser que las religiones han tenido “mucha culpa” de ello, ya que para poder existir necesitan que las personas nos sintamos culpables y así poder controlarnos (siento si algún creyente no opina así, yo estoy bastante de acuerdo).

Según esta persona entendida vivimos y aprendemos de nuestros aciertos y errores, son los que nos permiten avanzar por medio de un aprendizaje constructivo. Pero si la culpa entra en juego nos bloqueamos y dejamos de aprender para pasar a sentirnos mal cuando algo no ha salido como debía o como creíamos que tenía que ser.

Hemos comentado lo interesante de la teoría y lo cierta que nos parece. A continuación yo, que no puedo dejar descansar mi mente, he empezado a pensar sobre ello y he intentado encontrar incidios de culpabilidad en mi comportamiento habitual y más últimamente. ¡Sorpresa!

Creo que la sensación de culpa por no haber hecho lo correcto nos lleva a sentir frustración pero no nos enseña cómo debemos hacerlo la próxima vez. Si esto se repite muchas veces, acabamos sintiendo rabia contra nosotros mismos y solemos descargarla contra las personas que nos rodean, que lógicamente son las personas que nos importan y a las que no deberíamos dañar.

¿A qué conclusión llego?

Pues a que deberíamos hacer una lista con todos los errores que cometemos normalmente e incluso los cometidos hace años y hacernos conscientes de ellos. Yo por lo menos me pongo manos a la obra, de mañana no pasa, sin culpa y con los ojos bien abiertos ¡a aprender de ellos!

15 de septiembre de 2010

a levantarse toca...


Dicen que cuando nos tropezamos hay que levantarse y seguir andando, si puedes.
Eso dicen.


Dicen que somos la única especie que tropieza dos veces en la misma piedra.
Eso dicen.


Dicen que no hay que camino, que el camino se hace al andar.
Eso dicen



Lo malo es cuando compruebas que es cierto lo que dicen y que, por más que te levantes, te volverás a caer y que por muy conocida que sea para ti una piedra tropezarás de nuevo con ella y que el hecho de no existir un camino escrito y de no nacer con el mapa debajo del brazo, nos crea una incertidumbre tal que a veces nos da miedo lo que encontremos la final del camino.

Lo mejor, tirar para delante, intentar esquivar todas la piedras que podamos, evitar caer y si no podemos sacar fuerzas para seguir, y sobre todo que el camino que tracemos se nos haga lo más llevadero posible.


10 de septiembre de 2010

y tú ¿que coleccionas?


Me pregunto: ¿es obligatorio al llegar septiembre que tengamos que empezar alguna colección de algo?

La mayoría son las mismas que publicaron ya en nuestra adolescencia, claramente no vendieron todos los fascículos.

Pero además de los incombustibles “aprende inglés fácilmente”, “toca la guitarra en poco tiempo” y el práctico “punto de cruz”, les gusta regalarnos alguna novedad.



Yo cada año pienso que no serán capaces de sorprenderme con una colección más absurda que las de años anteriores. Año tras año me equivoco: lo consiguen.

El año pasado me cautivó la colección de dedales, útil donde las haya y precioooosa, pues la mayoría eran de porcelana con dibujitos rosados.

Este año la novedad es igual de útil a la par que agradable para los oídos, sobre todo si tienes niños que la aprovechen. Se trata de coleccionar nada más y nada menos que reclamos de pájaros. Sí, simpáticos aparatillos que al soplarlos emiten un gorjeo similar al de los pajarillos del campo, esos que nuestros hijos no ven porque no los llevamos al campo.

¿Con qué nos seducirán el año que viene?

Sinceramente, no sé si aguantaré tanto tiempo en ascuas.

4 de septiembre de 2010

un regalo para los sentidos

 
Ayer vivimos una experiencia de lo más renovadora, tanto por dentro como por fuera (y no me refiero a tomarnos un Activia, no). Fue algo tan sano como gratificante. Tan tonificante para el cuerpo como desestresante para la mente. Una actividad que nos dejó el cuerpo relajado y el alma totalmente estimulada. Y unas visiones que nuestros ojos agradecerán por mucho tiempo.

Se trató de una jornada de puertas abiertas en una escuela que han inaugurado en nuestro pueblo. Me acompañaban tres amigas, esta vez mamás del cole y, desde aquí recuerdo a las que no nos acompañaron que ¡no saben lo que se perdieron!

La cosa empezó a las 19:00h. Nunca el solicitar información sobre qué se hace y cuánto cuesta ha sido tan entretenido y agradable, ni que decir tiene que el informador en cuestión tuvo mucho que ver en ello.

Continuamos a las 19:30h con nuestra primera clase: flamenco. Aquí mi amiga C se rajó y no nos acompañó a taconear con las zapatillas de aerobic, con lo finas y estilosas que estábamos, “ole los brazos pa riba, arsa ese taconeo”. Eso sí, sentada en el suelo disfrutó de lo lindo viéndonos realizar diagonales de giros de una esquina a otra del aula y llegando al lado contrario con un pedal tal que no íbamos a necesitar pedir sangría en la cena.

A las 19:45h vinieron a buscarnos unas chicas muy simpáticas y un chaval que luego nos enteramos que se llama Elvis, todos vestidos de negro y dando gritos ¡eo, chicoooos, todos a bailar! Y allá que nos fuimos con ellas, o detrás de él, aún no lo tenemos muy claro. La clase era de algo llamado “baileactivo” y es lo mejor que he probado nunca para la salud mental. Los chicos se mezclaron con todo el grupo y empezó la música, ultra moderna. Vanesa se situó delante del espejo y, mientras su sonrisa iluminaba el aula, nos guiaba en los pasos frenéticos entre baile y aeróbic; en el estribillo nos hacía gritar muy alto levantando los brazos. La música paró, todos aplaudimos entusiasmados y Vanesa dijo “bueno, vamos a empezar, esa sonrisaaaa”, ¿cómo???? MJ y yo nos miramos: ¿ya echamos el bofe y aún no hemos empezado??? nos lo estábamos pasando en grande.

Empezó la salsa con otra monitora, luego el reguetón con Vanesa, cadera pa lante, cadera pa tras (nos hacía poner caras y todo), ahora el hip-hop (igualito que Fama), luego funky. De repente Elvis se coloca delante a guiarnos meneando el cuerpo con ritmo salsero, ¡indescriptible movimiento de cadera! Y así durante lo que debió ser media hora de ejercicio continuado, con gritos de euforia, cantando, sonriendo y muy sincronizados.

En ese momento Vanesa retoma su posición y dice “a estirar” y empezamos a escuchar “tengo el corazón contento, el corazón contento y lleno de alegríaaaa. Tengo el corazón contento desde aquel momento en llegaste a miiiií! Y ale, estirando al ritmo de esta estupenda canción y, lo mejor, cantándola al mismo tiempo. No podías evitarlo, te salía de dentro la alegría, la emoción, el calor de la cara y el sudor a chorros.

Terminamos con un enorme aplauso y nos llevaron a body pump, aquí ML nos abandonó, la pobre no se atrevió con más. Allí nos ves a las tres con unas pesas más grandes que nosotras haciendo tonificación. Primero los brazos, ahora sentadillas ¿he mencionado que el monitor de esto era Dani, nuestro estupendo “informador”? ¿y que lo de estupendo es aplicable a todo su ser? Bueno, pues allí estábamos todas mirando cómo el maravilloso venezolano nos enseñaba a echar el trasero bien atrás y bien abajo, con las pesas en los hombros y con una camiseta azul turquesa que… bien, bueno, sigo. No quiero ni recordar el tembleque de piernas que tenía cuando terminé, del esfuerzo claro, dos meses sin hacer nada de ejercicio… Acabamos tumbadas con las pesas encima y haciendo pectorales con Vanesa.

De repente volvieron los chavales: “a bailaaaar” y allá que nos fuimos otra vez. Pero a los 10 minutos preferimos darnos una ducha porque todo en esta vida tiene un límite. Desde la ducha escuchábamos a Laydy Gaga, David Guetta,… y al terminar la ducha pudimos ver el final de la clase en la que Dani hacía los estiramientos, nada más y nada menos que con la música de Chicago, ¡alucinante!

Eran las 21:30h, teníamos barbacoa con todo el grupo (25 nada menos entre adultos y niños) y salimos de allí con la sonrisa puesta, la cara colorada, el cuerpo cansado pero relajado y la mente ¡como nueva!

No sabemos muy bien cómo pero nos han convencido y empezamos las clases ya mismo. Después de todo ¿qué tiene de malo hacernos este tipo de regalos un par de días a la semana?

1 de septiembre de 2010

de nuevo…


se acaba el verano, la playa, las vacaciones, la piscina diaria, las tormentas de verano, la barbacoa por la noche con los vecinos, las sandalias, las siestas, las rebajas de verano, los baños de sol, pasar el día en bañador, los paseos por la avenida al atardecer, la lectura nocturna en la terraza, los días largos, el calor, el no madrugar, el cine de verano en la urbanización, los vestidos de tirantes, los niños aburridos en casa, tomar algo en las terracitas a última hora…


vuelve la rutina, el trabajo, las tardes de parque, las clases de baile, la bajada de temperatura, la chaquetita al final del día, el tráfico, el colegio, el reencuentro con los amigos, los madrugones, la caída de las hojas, los pantalones largos, las comidas de trabajo, los anocheceres tempranos, el cambio de armario, las actividades extraescolares, el otoño, los niños uniformados, los deberes, los zapatos cerrados, el ir y venir, los desayunos con las mamás al dejar a los niños en el cole…

... ¡pues casi se agradece!

30 de agosto de 2010

virgencita: ¡que me quede como estoy!

Aquí estoy, escribiendo sin saber muy bien qué voy a contar.

Había terminado un escrito sobre las barriguitas mía y de unas amigas y los buenos propósitos para después del verano, y al ir a buscar una imagen apropiada para acompañarla me encontré una gran cantidad de fotos de chicas totalmente anoréxicas. Cuerpos que no eran cuerpos, algunos incluso no se mantenían de pie. No supe cómo reaccionar en ese momento, me sentí muy mal y tuve que abandonar mi escrito.


Ahora he decidido retomarlo pero contarlo de otra manera, agradeciendo lo que tenemos.

Todo surgió aquel día que andábamos en la piscina varias vecinas y amigas de mi misma quinta, hablando de lo curioso que es ver cada año el mismo ritual.

Comentábamos que hay quien el 31 de diciembre decide hacer su lista de buenos propósitos para el año nuevo. Muchos esperan al final de la primavera para comenzar esos ejercicios que le harán disimular la tripilla en el verano. Unos pocos utilizan sus vacaciones para preparar la agenda completa de su próximo año. Y otros consideramos que el mejor momento para “empezar a …” es el 1 de septiembre.

Continuamos tratando temas vanales y terminamos coincidiendo en lo mismo. En años anteriores todas teníamos varios propósitos para otoño, alguno era hacer ejercicio para encontrarnos mejor físicamente. Y si eras constante notabas grandes cambios. Si hacías natación o pilates mejoraba tu espalda y tu postura; si practicabas aeróbic o gimnasia se te ponían las piernas y brazos duros; si hacías abdominales conseguías tener un talle esbelto y liso. Sin embargo venimos notando que últimamente por más que hacemos, no vemos resultados y nos quedamos igual.

¿Qué vais a hacer este otoño?

La una espera poder mantener su clase de baile semanal porque el tiempo no le da para más pero claro, como está embarazada del tercero, ahora ganará kilitos y piensa que ya no perderá nunca ese "flotador” que la rodea.

La otra, con sus cuatro retoños, está limitada igualmente a su clase de danza en la que coincide con la una, y que no quiere dejar porque, además de que le encata, esa cintura que ella tenía no hay quien la recupere pero al menos espera que no vaya a más.

La de más allá se ha quedado dos años en paro y se plantea apuntarse a inglés, pero no sabe si además podrá ser constante en algún tipo ejercicio que, por otro lado, no le vendría mal ya que después de tener al segundo hijo su talle no ha vuelto a ser el mismo.

La que suscribe tiene una hora más al día porque la niña empieza el colegio y, aunque también le apetecería retomar el inglés, está pensando en hacer un ejercicio tonificante, además del baile en el que coincide con la una y la otra, ya que el michelín abdominal, junto con los brazos y piernas colgones no son lo más deseado.

Por unanimidad acordamos que el pasado es irrecuperable pero que en nuestras manos y, sobre todo en las de “septiembre” está el mantener lo que tenemos, en un par de años no habrá nada que hacer.

Podría parecer que terminamos desalentadas ¡nada más lejos de la realidad!

Las cuatro estamos entre los 36 y 38 años. Las cuatro hemos estado más o menos bien (o eso queremos pensar). Las cuatro hemos tenido hijos y las cuatro sabemos que ha llegado la edad, “esa edad” a la que si tienes la suerte de haber llegado tan estupenda como nosotras y sobre todo sana, ya puedes darte con un cantito en los dientes.

24 de agosto de 2010

viejas fotografías


Llevo meses diciéndome a mí misma que tengo que sacar un rato para ordenar mis fotos. Las descargo en el ordenador y ahí se quedan, unas con fecha, otras con nombre pero en general muy abandonadas.

Ayer una amiga me pidió que le llevase las fotos de nuestro estupendo viaje a Toulouse y no fui capaz de localizarlas.

¡Esto no puede ser! me dije, mañana mismo me pongo con esto, no quiero que mi hija se haga mayor de edad sin haber organizado las fotos de su primer cumpleaños.

Iba a ponerme a ello cuando he encontrado unas fotos de hace 22 años. Sí, en papel, del viaje de fin de curso a Italia.

Parece mentira la cantidad de recuerdos que pueden amontonarse de golpe en una cabecita.

Lo más extraño ha sido la sensación de madurez repentina que he experimentado. Viendo esas caritas infantiles he recordado lo mayores que nos parecíamos entonces a nosotros mismos. ¡17 años, voy a comerme el mundo! Ahora, con 38 a la espalda, me doy cuenta de lo pequeños que éramos, lo inocentes y sobre todo de lo que nos quedaba por cambiar y por vivir.

Pero sobre todo para lo que me ha servido esto ha sido para reaccionar y disponerme a catalogar todas mis fotos e imprimir una gran selección.

Porque las fotos en pantalla tendrán muchos megapixeles, no lo dudo, pero no podrán nunca igualar el encanto de las fotos en papel, por lo menos para mí.

19 de agosto de 2010

buscando la seguridad de una madre


Mi abuela Pepa siempre me ha contado muerta de risa que, cuando era muy pequeñita estando en su casa de Pozuelo, hubo una gran tormenta y me llevó al final del jardín para verla mejor. Ella me decía: - mira, mira qué bonitos los relámpagos y qué bien huele. Y yo le contestaba: - sí abuelita, muy bonitos, pero vamos para dentro que nos vamos a mojar.
Desde niña me han dado bastante miedo los relámpagos, bueno más bien los truenos. Sí, el ruido ese que decimos a los niños que no hace nada, a mí siempre me ha dado pánico. Sobre todo esos que suenan como si un ser gigantesco agitase una plancha metálica enorme y las sacudidas retumbasen en el cielo.
Durante muchos años de mi vida, cuando me encontraba sola, en la oficina, en otra ciudad, en el coche, he tenido la necesidad de llamar a mi madre para decirle que había una tormenta y que me hiciese compañía. Muchas veces me llamaba ella antes de que me diese tiempo.
El verano pasado, muy tormentoso en Madrid, me sentaba en la terraza con mi niña con la intención de que ella nunca llegue a tener miedo. Mirábamos los relámpagos, escuchábamos los truenos y me di cuenta de que estaba aprendiendo a apreciar la belleza de las tormentas cuando te encuentras en un sitio seguro.
Son las 17:13h de un jueves 19 de agosto. La tormenta ha llegado a Boadilla sin aviso y es descomunal. Eva duerme en su cuarto y yo miro por la ventana mientras escribo y veo caer el agua, escucho sonar los truenos y pienso: - hoy no necesito llamar a nadie, lo estoy disfrutando.
Pero sé que, en cuanto termine de escribir esto, voy a llamar a mi madre y voy a charlar con ella hasta que la tormenta se aleje del todo.
Gracias Mami por estar ahí.

16 de agosto de 2010

contrastes


feliz día de campo, El Escorial, jardín, sol, niñas en la piscina hinchable, bonitas fotos, avispas al sacar el pollo asado a la mesa, árboles frutales, hortensias moradas, comida en el interior de la casa cerrados a cal y canto por culpa de las avispas (eso sí, cerca del campo), tumbada ver las nubes blancas, grata conversación, moscas, silencio, niña que no se duerme la siesta, pajarillos cantando, niña que no para de hablar mientras intentas dormir la siesta en una tumbona, aire fresco, oportuna ambulancia con la sirena cuando la niña ya se había callado, pies descalzos en el césped…

12 de agosto de 2010

coincidencia

Andaba yo trasteando con varios medios tecnológicos nuevos para mí, cuando se dio la coincidencia. Mi humilde blog tenía que ver la luz o moriría antes de nacer. Yo me encontraba bloqueada y sin ideas para escribir, cosa por otro lado normal ya que nunca he escrito antes. En ese momento Facebook hizo aparición en mi vida. Sí, después de años de resistirme a ese mundo que me atraía pero al que tenía miedo de engancharme, me lancé de cabeza y empecé a buscar amigos. Al principio amigas muy cercanas. Poco después algún amigo de amigo. Por fin me atreví y puse un nombre importante de mi adolescencia: no estaba (ya antes amigos la habían buscado sin éxito) Continué mi búsqueda con más nombres de entonces, y encontré, vaya que si encontré. Entre ellos a mi primer amigo en Barcelona. Y entre sus amigos estaban más amigos. Y me emocioné y empecé a solicitar ser amiga y algunos respondieron. Y esas respuestas me llenaron aún más de emoción. En una de esas contestaciones apareció su nombre "Muri está también en mi perfil". Casi con lágrimas en los ojos entré en su perfil y sí, era ELLA. Mi amiga Muriel. La misma con la que tanto compartí esos dos años de mi vida. La misma con la que tanto me reí, con la que tanto aprendí. Con la que empecé a salir y con la que empecé a descubrir a la Marta mujer. Aquella con la que tanto lloré ante la despedida forzada. Con la que me escribí tantas cartas que aún guardo (de esas que se ecribían en papel). Y gracias a ella, además de ser un poco más feliz que la semana pasada, he podido escribir mi primer artículo. Me ha quedado un poco más ñoño de lo que yo tenía pensado pero... ...es lo que tienen las relaciones.