30 de agosto de 2010

virgencita: ¡que me quede como estoy!

Aquí estoy, escribiendo sin saber muy bien qué voy a contar.

Había terminado un escrito sobre las barriguitas mía y de unas amigas y los buenos propósitos para después del verano, y al ir a buscar una imagen apropiada para acompañarla me encontré una gran cantidad de fotos de chicas totalmente anoréxicas. Cuerpos que no eran cuerpos, algunos incluso no se mantenían de pie. No supe cómo reaccionar en ese momento, me sentí muy mal y tuve que abandonar mi escrito.


Ahora he decidido retomarlo pero contarlo de otra manera, agradeciendo lo que tenemos.

Todo surgió aquel día que andábamos en la piscina varias vecinas y amigas de mi misma quinta, hablando de lo curioso que es ver cada año el mismo ritual.

Comentábamos que hay quien el 31 de diciembre decide hacer su lista de buenos propósitos para el año nuevo. Muchos esperan al final de la primavera para comenzar esos ejercicios que le harán disimular la tripilla en el verano. Unos pocos utilizan sus vacaciones para preparar la agenda completa de su próximo año. Y otros consideramos que el mejor momento para “empezar a …” es el 1 de septiembre.

Continuamos tratando temas vanales y terminamos coincidiendo en lo mismo. En años anteriores todas teníamos varios propósitos para otoño, alguno era hacer ejercicio para encontrarnos mejor físicamente. Y si eras constante notabas grandes cambios. Si hacías natación o pilates mejoraba tu espalda y tu postura; si practicabas aeróbic o gimnasia se te ponían las piernas y brazos duros; si hacías abdominales conseguías tener un talle esbelto y liso. Sin embargo venimos notando que últimamente por más que hacemos, no vemos resultados y nos quedamos igual.

¿Qué vais a hacer este otoño?

La una espera poder mantener su clase de baile semanal porque el tiempo no le da para más pero claro, como está embarazada del tercero, ahora ganará kilitos y piensa que ya no perderá nunca ese "flotador” que la rodea.

La otra, con sus cuatro retoños, está limitada igualmente a su clase de danza en la que coincide con la una, y que no quiere dejar porque, además de que le encata, esa cintura que ella tenía no hay quien la recupere pero al menos espera que no vaya a más.

La de más allá se ha quedado dos años en paro y se plantea apuntarse a inglés, pero no sabe si además podrá ser constante en algún tipo ejercicio que, por otro lado, no le vendría mal ya que después de tener al segundo hijo su talle no ha vuelto a ser el mismo.

La que suscribe tiene una hora más al día porque la niña empieza el colegio y, aunque también le apetecería retomar el inglés, está pensando en hacer un ejercicio tonificante, además del baile en el que coincide con la una y la otra, ya que el michelín abdominal, junto con los brazos y piernas colgones no son lo más deseado.

Por unanimidad acordamos que el pasado es irrecuperable pero que en nuestras manos y, sobre todo en las de “septiembre” está el mantener lo que tenemos, en un par de años no habrá nada que hacer.

Podría parecer que terminamos desalentadas ¡nada más lejos de la realidad!

Las cuatro estamos entre los 36 y 38 años. Las cuatro hemos estado más o menos bien (o eso queremos pensar). Las cuatro hemos tenido hijos y las cuatro sabemos que ha llegado la edad, “esa edad” a la que si tienes la suerte de haber llegado tan estupenda como nosotras y sobre todo sana, ya puedes darte con un cantito en los dientes.

24 de agosto de 2010

viejas fotografías


Llevo meses diciéndome a mí misma que tengo que sacar un rato para ordenar mis fotos. Las descargo en el ordenador y ahí se quedan, unas con fecha, otras con nombre pero en general muy abandonadas.

Ayer una amiga me pidió que le llevase las fotos de nuestro estupendo viaje a Toulouse y no fui capaz de localizarlas.

¡Esto no puede ser! me dije, mañana mismo me pongo con esto, no quiero que mi hija se haga mayor de edad sin haber organizado las fotos de su primer cumpleaños.

Iba a ponerme a ello cuando he encontrado unas fotos de hace 22 años. Sí, en papel, del viaje de fin de curso a Italia.

Parece mentira la cantidad de recuerdos que pueden amontonarse de golpe en una cabecita.

Lo más extraño ha sido la sensación de madurez repentina que he experimentado. Viendo esas caritas infantiles he recordado lo mayores que nos parecíamos entonces a nosotros mismos. ¡17 años, voy a comerme el mundo! Ahora, con 38 a la espalda, me doy cuenta de lo pequeños que éramos, lo inocentes y sobre todo de lo que nos quedaba por cambiar y por vivir.

Pero sobre todo para lo que me ha servido esto ha sido para reaccionar y disponerme a catalogar todas mis fotos e imprimir una gran selección.

Porque las fotos en pantalla tendrán muchos megapixeles, no lo dudo, pero no podrán nunca igualar el encanto de las fotos en papel, por lo menos para mí.

19 de agosto de 2010

buscando la seguridad de una madre


Mi abuela Pepa siempre me ha contado muerta de risa que, cuando era muy pequeñita estando en su casa de Pozuelo, hubo una gran tormenta y me llevó al final del jardín para verla mejor. Ella me decía: - mira, mira qué bonitos los relámpagos y qué bien huele. Y yo le contestaba: - sí abuelita, muy bonitos, pero vamos para dentro que nos vamos a mojar.
Desde niña me han dado bastante miedo los relámpagos, bueno más bien los truenos. Sí, el ruido ese que decimos a los niños que no hace nada, a mí siempre me ha dado pánico. Sobre todo esos que suenan como si un ser gigantesco agitase una plancha metálica enorme y las sacudidas retumbasen en el cielo.
Durante muchos años de mi vida, cuando me encontraba sola, en la oficina, en otra ciudad, en el coche, he tenido la necesidad de llamar a mi madre para decirle que había una tormenta y que me hiciese compañía. Muchas veces me llamaba ella antes de que me diese tiempo.
El verano pasado, muy tormentoso en Madrid, me sentaba en la terraza con mi niña con la intención de que ella nunca llegue a tener miedo. Mirábamos los relámpagos, escuchábamos los truenos y me di cuenta de que estaba aprendiendo a apreciar la belleza de las tormentas cuando te encuentras en un sitio seguro.
Son las 17:13h de un jueves 19 de agosto. La tormenta ha llegado a Boadilla sin aviso y es descomunal. Eva duerme en su cuarto y yo miro por la ventana mientras escribo y veo caer el agua, escucho sonar los truenos y pienso: - hoy no necesito llamar a nadie, lo estoy disfrutando.
Pero sé que, en cuanto termine de escribir esto, voy a llamar a mi madre y voy a charlar con ella hasta que la tormenta se aleje del todo.
Gracias Mami por estar ahí.

16 de agosto de 2010

contrastes


feliz día de campo, El Escorial, jardín, sol, niñas en la piscina hinchable, bonitas fotos, avispas al sacar el pollo asado a la mesa, árboles frutales, hortensias moradas, comida en el interior de la casa cerrados a cal y canto por culpa de las avispas (eso sí, cerca del campo), tumbada ver las nubes blancas, grata conversación, moscas, silencio, niña que no se duerme la siesta, pajarillos cantando, niña que no para de hablar mientras intentas dormir la siesta en una tumbona, aire fresco, oportuna ambulancia con la sirena cuando la niña ya se había callado, pies descalzos en el césped…

12 de agosto de 2010

coincidencia

Andaba yo trasteando con varios medios tecnológicos nuevos para mí, cuando se dio la coincidencia. Mi humilde blog tenía que ver la luz o moriría antes de nacer. Yo me encontraba bloqueada y sin ideas para escribir, cosa por otro lado normal ya que nunca he escrito antes. En ese momento Facebook hizo aparición en mi vida. Sí, después de años de resistirme a ese mundo que me atraía pero al que tenía miedo de engancharme, me lancé de cabeza y empecé a buscar amigos. Al principio amigas muy cercanas. Poco después algún amigo de amigo. Por fin me atreví y puse un nombre importante de mi adolescencia: no estaba (ya antes amigos la habían buscado sin éxito) Continué mi búsqueda con más nombres de entonces, y encontré, vaya que si encontré. Entre ellos a mi primer amigo en Barcelona. Y entre sus amigos estaban más amigos. Y me emocioné y empecé a solicitar ser amiga y algunos respondieron. Y esas respuestas me llenaron aún más de emoción. En una de esas contestaciones apareció su nombre "Muri está también en mi perfil". Casi con lágrimas en los ojos entré en su perfil y sí, era ELLA. Mi amiga Muriel. La misma con la que tanto compartí esos dos años de mi vida. La misma con la que tanto me reí, con la que tanto aprendí. Con la que empecé a salir y con la que empecé a descubrir a la Marta mujer. Aquella con la que tanto lloré ante la despedida forzada. Con la que me escribí tantas cartas que aún guardo (de esas que se ecribían en papel). Y gracias a ella, además de ser un poco más feliz que la semana pasada, he podido escribir mi primer artículo. Me ha quedado un poco más ñoño de lo que yo tenía pensado pero... ...es lo que tienen las relaciones.