27 de octubre de 2010

tacto terapéutico

Hace poco leí un artículo en una revista de terapias alternativas, que hablaba de los beneficios del contacto físico.

Decía que está comprobado que el tacto es una fuente de equilibrio psicofísico, e incluso de supervivencia. Tocar y ser tocado produce reacciones hormonales de felicidad y más ganas de tacto. La carencia de contacto, por el contrario, genera ciertos rasgos psicológicos no deseables.

Si abrazamos y nos dejamos acariciar mejora nuestra salud física y mental, aleja el estrés y la ansiedad y sobre todo nos permite crear mayores lazos de intimidad con los demás.

Parece ser que el problema es que el tacto es un sentido olvidado por una gran parte de nosotros y que cuesta mucho recuperar.

Claro, leyendo estas cosas una se para a pensar y se da cuenta de que, desgraciadamente, es cierto. Vamos por la vida con prisas, con desconfianzas y con miedos a “la gente” y eso nos hace ir alejándonos y creando una especie de burbuja a nuestro alrededor para que no nos pase nada. Lo que sí pasa es que desaparece también el afecto y con él el contacto físico y con él un montón de sensaciones que dejamos de disfrutar.

Yo el otro día no renuncié a dejarme tocar. Sí, fui a la peluquería y como me tocaba esperar a que mi peluquera terminase, otro peluquero me fue lavando la cabeza. Quería que se me hiciese corto el tiempo de espera y se volcó en el lavado. Es difícil describir con palabras lo que se transmite a través del tacto, pero voy a intentarlo.

En este caso no sé si sería la necesidad de contacto de la que hablaba la revista o que me pilló sin prisas y abierta a recibir, el caso es que me pareció el mejor lavado de cabeza de toda mi vida (y me han hecho unos cuantos).

No se puede decir que fuese sólo el masaje, fue TODO. Desde el principio hasta el final. Desde que me cogió la cabeza por la base de la nuca levantando el pelo para acomodarla al lavadero, hasta que me la enrolló en la toalla al terminar toda la operación.

El proceso debía ensimismar incluso visto desde fuera porque mi peque, que estaba conmigo y hablando sin parar como siempre, se sentó a mi lado y según el chico me puso las manos en la cabeza, ella se calló y no volvió a abrir la boca hasta que me levanté de la silla. No paró de mirarle ni un minuto (eso creo, porque la verdad es que yo llegué hasta a olvidarme que la había llevado conmigo).

Abrió el grifo de agua caliente, la dejó a la temperatura exacta. Con una mano movía el grifo para llevar el agua a todas partes, con la otra empezó a rozar mi pelo para ayudar a que se empapase. Los movimientos eran a la vez delicados y decididos. Cerró el grifo y me preguntó ¿champú normal? sí, por favor. Entonces empezó a repartirlo por la cabeza, a rozar con sus dedos mi cuero cabelludo. Me dio unos ligeros tirones de pelo que activaron la circulación produciendo un hormigueo muy estimulante.

El ritual continuaba. Frotaba el pelo con suavidad y sus dedos masajeaban sin tregua. La presión perfecta. Yo empecé a recordar el artículo de la revista y me dejé llevar por el momento, decidí no perder un segundo de placer porque ese tacto, ese roce del peluquero me estaba transportando a un mundo nuevo, un mundo sólo de sensaciones, en plan anuncio de Herbal Essences.

Abrió de nuevo el grifo y me preguntó ¿está bien el agua?, y yo dentro de mi trance, sí muy bien. Y pensé: el agua y lo que no es agua, chato.

Me enjabonó de nuevo y repitió todos los pasos desde el principio, los circulitos en las sienes, los roces en los laterales de la cabeza, la presión en la coronilla con la palma de la mano, el masaje en la parte alta del cuello. Los escalofríos recorrían mi espalda. Cuando parecía que aquello no iba a terminar nunca y que podría llevármelo a casa para que continuase con su labor, abrió el grifo de agua fría y me dijo: agua fresquita para terminar. ¡Una verdadera lástima!

Creo que la única diferencia entre los lavados de mi vida anterior y éste, es que él no tenía problema en tocar, que no vivía en una burbuja, que disfrutaba mientras lo hacía, que la sensación relajante-estimulante que yo estaba sintiendo, era equivalente a la que sentía él haciendo su trabajo en mi cabeza.

Pues eso, hay que tocar y dejarnos tocar para que nuestro cuerpo y mente nos lo agradezcan.

Yo se lo agradezco al peluquero.


(la fotografía se la dedico a mi mami)

8 comentarios:

  1. Soy fan del toqueteo. Me gusta tocar, básicamente a mis amigos: los abrazo, los toco mientras hablo con ellos. Y a mi cari... bueno, es mi cari, no? ;)

    Esto me ha recordando al masaje a cuatro manos que me dieron en Isla Mauricio. Qué sensación tan placentera. Dos personas masajeando todo mi cuerpo a un tiempo. Lo más curioso es que parecía que se tratase sólo de una persona: una sincronización increíble, la misma presión, el mismo tempo... fue maravilloso.

    Coincido contigo y, por ende, con el artículo; con las dichosas prisas nos estamos perdiendo muchas cosas. El afecto es una de ellas.

    Un abrazo.

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  2. Hola Ebony, gracias por compartir siempre tus experiencias en mi blog, me gusta sobre todo cuando son tan placenteras como un masaje a cuatro manos, ESO tengo que probarlo. Y sí, mejor ir LENTO como dice Julieta. Un besazo.

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  3. Yo los momentos sensorialmente más completos los he tenido en una peluquería. Ahora, como hace mucho que no voy, y, o avanza mucho la ciencia o no iré más, me conformo con contratar un masaje de vez en cuando.

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  4. Hola Antonio. ¡ja ja ja!!! mmmmm, bueno también puedes pedir que te den el masaje en la cabeza, tengo entendido que la sensación es mucho más placentera sin pelo que con él (todo tiene sus ventajas). Un abrazo.

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  5. AHHHHHH! Ya te digo! los masajes en la cabeza son lo más!
    A mi tb me encanta tocar y q me toquen, porsupuesto. y besar, aunque sabemos q no nos sale ir dando besos, pero cuando los damos nos gusta, verdad?
    besos

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  6. Cómo no nos va a gustar besarnos Gemmita, cuando nos sale nos sale. Y tocarnos... eso no lo hacemos mucho, se lo dejamos a los peluqueros ¿no?. Un besazo enorme.

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  7. Lo primero, tienes que darme es la dirección de tu peluquería, para probar. A mi me encantan los masajes en la cabeza con mucho champú, son un gustazo y respecto a tocar y ser tocado, creo que deberíamos ejercitar más el sentido de tacto, pues es muy placentero. Es divertido cerrar los ojos y dejarte llevar por las sensaciones de acariciar, dejando que los dedos tomen la iniciativa, sin cuestionar sus movimientos, ni analizar las reacciones que los mismos producen. Creo que también ésta es una forma de meditar y relajarse.

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  8. Hola Graziela. Mi pelu te pilla un poco a trasmano, la tengo a la vuelta de la esquina. Parece que todos coincidimos en el placer de los masajes en la cabeza, pero yo quería más bien transmitir el placer del tacto en general y su poder sobre nuestra salud, lo que siente el que es tocado pero también el que toca. Te doy la razón, tocarse es divertido, hay que hacerlo más.

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