22 de diciembre de 2010

para el recuerdo


La vida viene... y va... no se detiene

Las experiencias se viven... se agolpan... pasan... quedan... pero siempre en el recuerdo

Las personas influyen... enriquecen... perduran... a veces sólo en el recuerdo

Y la vida sigue... sigue... sigue...

19 de diciembre de 2010

¡vaya!





domingo tranquilo, música estimulante, compañía agradable, conversación gratificante, comida...




¿LENTEJAS?

5 de diciembre de 2010

por arte de magia



Las Navidades se están acercando. De puntillas hace dos semanas, a pasos agigantados ahora.

La sensación es extraña, como todos los años.

Nunca he sabido muy bien explicar, ni siquiera a mí misma, por qué no terminan de llenarme estas fechas, ¿o sí?

No es que no me gusten, no es eso, pero tampoco puedo decir que me encanten. Hay días en que lo paso bien y días en que desearía no levantarme de la cama y no acudir a ninguna reunión.


Puede que influya el hecho de que no creo en el Nacimiento de Dios, no lo celebro y por tanto para mí es únicamente una tradición como otra cualquiera, ¿o no?

Los sentimientos se superponen, como en una torre de piezas de madera que un niño va amontonando, uno agradable, otro aburrido, uno bonito, otro tristón.

Días que antes de que lleguen ya estoy deseando que pasen.

Escucho a personas decir que en estos días se ponen tristes porque se acuerdan de personas queridas que ya no están. A mí esto no me ocurre, ¿o sí?

Efectivamente me acuerdo de algunas personas que ya no están, porque murieron o sencillamente porque la vida los llevó por otros derroteros, pero esos recuerdos no aparecen sólo en Navidad, van y vienen a lo largo del año como muchos otros recuerdos.

Sin embargo sí me pongo tristona, más que tristona melancólica, y es una melancolía inexplicable, ¿o no?

Me hace más ilusión desde que vuelve a haber pequeños en la familia, por supuesto. La Navidad sin ellos, en mi caso, llegó a perder el sentido prácticamente por completo.

Ahora es diferente, ellos aportan alegría y ganas.

En el puente de diciembre montamos el Nacimiento y da gusto ver cómo derrochan ilusión. Ponemos bolas en el árbol y es emocionante ver cómo a su lado parece cada año más bajito.

Les enseñamos villancicos, tocamos la pandereta con ellos y les ayudamos a escribir la carta a Los Reyes Magos.

Esa que luego escanearemos para conservar hasta que sean mayores y la lean muertos de risa y añoranza.

Esa que les diremos que entreguen a un falso paje, que se la entregará a un falso rey, que supuestamente la leerá y, que si se portan bien, les traerá algunas de las cosas que hayan escrito o dibujado dentro.

Algunos pensarán que prima en mí un comportamiento consumista y poco solidario, y seguramente tengan razón, porque una de las cosas que más ilusión me hace es pensar, buscar, comprar, preparar y esconder los regalos de todos.

Mientras hago esto me olvido por un rato el decidir qué se cenará y comerá cada día, en casa de quién y con quienes.

En mi familia siempre hemos mantenido las sorpresas a pesar de cumplir años, y mientras me ocupo de prepararlas me siento un poco como una Reina Maga.

Esa en la que todos querríamos creer. A la que nos gustaría conocer. La que nos haría felices una vez al año porque aún creeríamos en la magia.

La que nos mantendría en vela pensando de dónde viene, por dónde entra y cómo hace para llegar a todas partes en una sola noche.

Cuando me siento Maga, en mi mente se suceden pensamientos alegres, imágenes de los niños acostándose por la noche llenos de esperanza después de haber colocado los zapatitos limpios bajo el árbol. Después levantándose por la mañana entre nervios y emoción y quedándose con la boca abierta ante los regalos que “les han traído”.

Esas caritas son lo único realmente sincero de todas estas fiestas.

Luego, según se acerca el Año Nuevo, me vienen a la mente también otras imágenes, no tan agradables. Las de ese momento tan decepcionante en el que me enteré de la gran mentira.

Las del día aquel de mi infancia en que Pablo llegó a clase diciendo que LA MAGIA no existía, que CREER en ella era de niños pequeños.

El instante en que esa ilusión que tantos años me había acompañado se esfumó, esta vez sí, por arte de magia.

Y es posible que ese momento, en el que inevitablemente me hice un poco mayor en contra de mi voluntad, sea lo que me impide ver la Navidad como algo maravilloso, como un tiempo inmensamente feliz.

Porque no puedo evitar pensar que ELLOS pasarán antes o después por el mismo trance.

¿O no?