27 de julio de 2011

fulgencismo mágico  
Nota 3:  
Veinte años es mucho. Son dos décadas. Son miles de días. Son veinte inviernos, veinte primaveras, veinte veranos. Veinte otoños.
He vuelto hace unos días al sitio donde, por primera vez y hace veinte años exactos, regalé una flor a una chica. Fue un momento especial: era de noche, hacía fresco, la abracé y me dijo qué bonitas rosas hay ahí. No lo pensé. Fui hacia el rosal y arranqué una, oí unos golpes en el cristal de la ventana que custodiaba la planta, quizá algún grito, me pinché un dedo y ella me lo besó con ternura. Se acurrucó en mi cuerpo y me dejó que respirara el aroma de las dos durante el resto de la noche. Así que esperaba, tonto de mí, encontrarla también allí. Esperaba, infeliz de mí, que el mismo sentimiento ñoño e infantil, casi peliculero, anidara también en ella. Veinte años después. Pero está claro que no hay dos personas que sientan lo mismo y hagan lo mismo más que en los tangos y en el celuloide.
He recorrido las calles del antaño pequeño pueblo pesquero gallego y no he reconocido absolutamente nada ni a nadie. La calle central, el Principal, la Escuela… han desaparecido gracias al urbanismo que todo lo puede. He caminado por las mismas calles que pisé hace ese lapso de tiempo y no he visto nada familiar. Nada, excepto un bar. Y una terraza. La pequeña terraza donde, aún hoy, unas plantas, creo que geranios,  se esfuerzan por crecer. He reconocido la ventana desde la que me increpó por robar una rosa para aquella chica. Me he quedado mirando, y he visto cómo la sombra de dos adolescentes pasaba por delante de mí y se difuminaba y se perdía en el tiempo. Así que he mirado a mi mujer, he mirado a mis recuerdos y le he dicho que la quiero.

He cerrado una puerta, por fin, después de veinte años. Que puede que sí, que no sean nada. Pero cómo duele el ver que ni los rosales son eternos.
Fulgen García



18 de julio de 2011

¿descosido?


o puede que...

... desatado
rajado
quebrado
cortado
separado
partido
estropeado
fracturado
averiado
segmentado
desbaratado
troceado
deteriorado
despegado
fragmentado
tronchado
fraccionado
dividido
desintegrado
escacharrado...



... a veces algo se nos descose e intentamos zurcirlo, pero cuando lo hemos remendado varias veces y sus dos lados se empeñan en no quedar unidos, nos da por pensar que no se ha descosido, sino que se nos ha roto.

Pero ¿y si lo que ocurre es que con cada punzada lo dañamos más porque no sabemos coser?





8 de julio de 2011

el mejor regalo del día


Llega el verano, y con él las vacaciones, de algunos, porque las mías este año han perdido el tren y parece que llegarán con bastante retraso.

Otros años, al llegar estos momentos, cogíamos a los peques y nos íbamos a disfrutar del merecido descanso anual. Lo curioso es que este año, aunque nosotros trabajemos aún, la princesita ya no tiene colegio, como debe ser, está agotada y necesita divertirse.

El único problema es compaginar las horas de trabajo con las de cuidar una niña de cuatro años. Nada que no tenga solución. Una vez apuntada la niña a un campamento urbano parece que la cosa funciona.

Pero al cuarto día de asistir a sus quehaceres veraniegos y deportivos el problema surge de nuevo: "mami, mañana no quiero ir al campamento" "¿por qué mi niña?" "porque me aburro todo el tiempo". Esta simple frase se presenta a las tantas de la noche, que no puede dormirse, que me la he llevado a mi cama mientras leo hasta que se duerma y viene acompañada de un abrazo eterno y unas cuantas caricias en mi pelo. 

Una no es de piedra.

Analizo la situación: el campamento deportivo parece estar orientado a niños más mayorcitos, porque a nuestros pequeñines eso de tenerles en filas esperando turno para dar a una pelotita con la raqueta no parece hacerles mucha gracia. Por otro lado tiene miedo de nadar sin flotador y no se baña en la hora de piscina. Además, echa de menos los ratos de juegos con los papis y los mimos que los acompañan.

Por otro lado más... yo también echo mucho de menos los juegos con ella y los mimos que los acompañan.

Y esto va sonando a demasiados "menos".

Me da un ataque de necesidad, de mucha necesidad.

Cierro el libro, quito el despertador, apago la luz y me tumbo al lado de mi bichejo. Acercándola a mí y abrazándola con todas mis fuerzas le digo: "duerme tranquila que mañana te quedas en casa".

El roce de su manita en mi mejilla y el sonido de ese "gracias mami" son, con diferencia, el mejor regalo del día.





5 de julio de 2011

fulgencismo mágico  
Nota 2:    

Qué calor.  

Pienso que hace un año estaba sentado en la playa de Roquetas, en Almería, en plena contemplación de señoritas que eran profesionales de la siesta al sol y de barcos que caían repletos de personas por el horizonte. Pienso que me quemé en menos de una hora la mayor parte de la piel del cuerpo, y que tuve ampollas más de una semana, y mareos. Pienso que estaba tan bien de vacaciones. Y pienso ahora en ella como si fuera ayer, como si fuera mañana. 
Me acerqué tímido y retraído. No pude mirarla de frente, tal fue la explosión de luz que me cegó. Refulgía el diseño que la envolvía con naturalidad y gracia y que marcaba las suaves curvas de su perfil perfecto sin presionarlas, sin rozarlas siquiera. Sonreía a todos, pero creí ver un guiño de complicidad carnosa hacia mí. Creí ver una mirada furtiva que buscaba a algún incauto, a algún infeliz que cayera en sus garras para destrozarlo. Debía ser yo, porque me lancé como nunca después he vuelto a hacer con ninguna otra. La tomé en mis brazos sin que opusiera resistencia. La sentí liviana y fría y fácil y accesible. Y me dejó hacer. La llevé a una esquina, fuera de la mirada de tantos curiosos impertinentes y la abracé. Sonreí como un adolescente después de conseguir su primer beso en los labios. Noté cómo se derretía en mi boca.
Y dejé caer su cremoso sabor por mi lengua hacia mi garganta. Y su sabor me llenó como nunca antes otro lo había hecho. Arqueé la cabeza hacia atrás y entorné los ojos. La punta de mi lengua rozó la gota que acariciaba su piel hacia ninguna parte. Me llené de su aroma complejo y juvenil, casi infantil.
Mi primera tarrina de helado de aquel verano infernal…
Fulgen García