22 de octubre de 2011

quien canta su mal espanta


Siempre he sido cantarina. 

Sí, la verdad es que eso de hacer los viajes en coche y los quehaceres diarios cantando, es algo que ha ido conmigo a lo largo de los años.

Sin embargo hace un tiempo abandoné la costumbre, ¿o me abandonó ella a mí?

No sé, pero lo cierto es que eso de cantar, silbar o tararear me salía sólo.

Nunca he cantado especialmente bien, para nada. Pero al menos entonaba y no solía desafinar demasiado. Vamos, que cantaba lo suficientemente bien como para no herir los oídos de mis vecinos y acompañantes.

Alguien me dijo una vez que no cantaba ni bien ni mal, y que eso era una pena porque no era como para deleitarse, pero tampoco como para reírse y pasar un buen rato. Aunque cantábamos juntos y lo pasábamos bien.

Pero lo importante es que a mí me gustaba, me salía de dentro y me relajaba.

Ahora me doy cuenta de que no lo hago y me da pena. Mucha pena. Porque lo considero una señal de felicidad y buen sentimiento.

La semana pasada, mientras hacía la cama, escuché al otro lado de la pared a mi vecino cantando una canción romántica. Me chocó, porque la imagen que tenía de verle en el garaje con la moto era otra, joven, alto, serio. Vamos, que no me lo imaginaba cantando esas cosas.

Hace dos días, bañando a la niña, nos llegaron otro tipo de sinfonías. Nos miramos, y empezamos a reír. Fue inevitable. Mi vecino se desgañitaba en la ducha, ahora con Comando G.

Y esta mañana, hace apenas una hora, volvía a sonreírme, esta vez yo sola. Mientras recogía mi casita he empezado a oír como mi vecino pasaba la aspiradora al tiempo que se atrevía hoy con “…por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta…” esta vez a voz en grito porque claro, él no se escuchaba.

Simplemente me he sentido muy feliz por él. Casi me han dado ganas de hacerle los coros o la segunda voz, pero me ha dado miedo que se lo tomara a mal. Él o su mujer.

Y además al oír a Pimpinela entre sonidos caseros, saliendo de la garganta de un joven cantarín, he decidido que, aunque tenga que esforzarme un poquito al principio, voy a retomar esa vieja costumbre tan saludable y entretenida, que es acompañar mi sencilla vida de música. De música entonada por mí misma.

Eso sí, espero que ningún autor se ofenda al escucharla salir de mis labios ligeramente transformada por mis estupendas cuerdas vocales.

Una hace lo que puede, o lo que sabe.


P.D. mi vecino sigue por ahí, silbando en lontananza



7 de octubre de 2011

 fulgencismo mágico
Nota 5: 
Han repuesto la película de los ochenta que tanto admiré en su momento. La que me      hizo vivir por encima de la vida y soñar por encima de los sueños. La que me convirtió, en el rato que las luces eran oscuras y la pantalla mi imaginación, en un aventurero empedernido. Ya pensé hace semanas en por qué, por qué no, por qué sí y por qué quizá. Hoy solo he podido ver los créditos del principio, el título, la primera escena. Me he sentido abatido al imaginarme en bicicleta: mis rodillas no aguantan, seguro. Y destrozado al verlos correr; mi cadera no tiene fuerza, seguro. Sólo me he sentido seguro cuando, a solas, el protagonista ha hablado con su héroe y le ha agradecido el que fuera su norte y guía. Y he cogido mi bicicleta. 
Fulgen García