9 de diciembre de 2012

ese abrazo gélido

No se ha hecho esperar aquí, en mi tierra, en mi vida.

Anteriormente lo recibía siempre sin ganas pero, en el fondo, hecha a la idea de tener que convivir con él durante meses, hasta que decidiera irse de nuevo ¡con viento fresco!

Esta vez vino, puede que un poco más tarde y más lentamente que otras veces. Puede que de forma más gradual. Eso me hizo sentirlo poco a poco sobre mi piel durante las dos o tres primeras semanas, notarlo como casi de refilón.

Me gustó la sensación y agradecí su llegada, porque ese cambio de tacto me estaba viniendo incluso bien.

Lo acepté contenta y lo dejé pasar a mi vida. No estaba mal un cambio de aires.

Pero ese viaje alteró todo entre nosotros.

Ese vuelo a tierras lejanas, a lugares tranquilos y de brisas cálidas, trajo hasta mí la cruda realidad, que hasta este momento había permanecido oculta tras un tupido velo.

Cinco días de lindos paseos a la luz de la luna, de días cargados de luz y calor. Cinco días que rompieron nuestra ya asentada rutina y la convirtieron en algo poco deseado y ya casi lejano.

Y todo ocurrió tan deprisa...

La vuelta fue, como esperaba, dura.

El contacto inicial, tan inevitable, resultó chocante y desagradable, casi doloroso.

Y lo peor de todo es, que pasados varios días, no he sido capaz de mirarle a la cara y decirle que me encantaría que desapareciera ¡para siempre! Porque sé que ni eso le haría marchar.

Y es por ello que nuestra relación se enfría. Se va congelando con el paso de los días.

Porque él es frío. Amanece a mi lado siempre helado. Me acompaña cada día con su abrazo gélido.

Me da frío a cada instante. Impregna todo mi ser con la más helada de las sensaciones.

Esta vez se presenta ante mí como un gigantesco estorbo que me impide moverme tan libre como me gustaría.

Invierno amenaza con quedarse todo el tiempo que le corresponde, por bonito, fresco y necesario que sea.

Invierno...

16 de noviembre de 2012

¿Él?

Venía observando que este curioso fenómeno movía masas ingentes de mujeres a mi alrededor.

Pensaba que era algo ajeno a mí por varios motivos, tales como la falta de tiempo; la desgana por engancharme nuevamente a algo; el rechazo que me provoca que una gran mayoría de personas me recomiende fervientemente que haga lo mismo que ellos y una especie de casi repugnancia por el tema del que hablaban (esto venía dado por una experiencia anterior)

Sentía en mi interior una ausencia absoluta de interés por conocerlo. Es cierto que les pedía que no comentaran nada más, por si alguna vez me daba por ahí, para que no me destriparan nada, pero con un convencimiento absoluto de que no pasaría por el aro. 

No, es que simplemente no me atraía nada la idea de tenerlo en mis manos.

Así pasaron los días, las semanas y creo que más o menos un par de meses, y el tema seguía rondando.

La curiosidad empezaba a hacer mella en mí, pero no lo suficiente como para empujarme al abismo como al resto de mis semejantes.

Hasta que un día, casi sin quererlo y ante la insistencia de una persona algo menos cercana, que alegaba que por probar nada perdía, me encontré sin comerlo ni beberlo, con las dos primeras partes en mis manos.

Salí de aquella casa sintiendo que al final la sociedad había podido conmigo. Que no estaba preparada mentalmente para engancharme a las más de 1000 páginas que llevaba encima y que, con toda seguridad se convertirían en 1500 si decidía abrir sus tapas.

Pasaron tres días y tres noches sin que los tocara. Tan grandes, tan llenos de letras, tan poco atrayentes todavía.

Y finalmente, un viernes a las 24h, sucumbí ante su llamada tentadora y cogí el primero de ellos. Respiré profundamente y comencé a leer. Me dieron las 4 de la madrugada, 9 capítulos y 160 páginas. Lo dejé porque a las 9 mi angelito aparecería en mi habitación para despertarme, pero puedo asegurar ante este tribunal que, si hubiera estado sola en casa, esa noche mis ojos hubieran absorbido 535 páginas completas.

Él no me gustaba nada. No entendía aún (aunque mi subconsciente sabía que lo haría en breve) el porqué de tantas almas lamentándose de no tener uno en su vida. Aun era para mí una persona extraña, sombría e inquietante.

Pero la trama verdaderamente engancha, ¡todas tenían razón! Mi mente necesitaba saber más, rebuscar, escudriñar hasta la última coma para conocerle más.

Han pasado algo menos de dos semanas y a pesar de que el poco tiempo sólo me ha permitido ponerme con él tres madrugadas, ayer noche, a las 2am, el primer tomo pasó a la historia.

Ella me avisó: "te enamorarás de él". Él, el hipernombrado, el hiperperfecto, el hiperdeseado.

Pues tengo que decir que no, que aún no me ha enamorado (me quedan dos tomos más para conseguirlo) me resulta demasiado irreal e intrigante aún. Aunque debo reconocer que un ser de estas características podría llegar a volverme loca si se cruzara en mi camino, por ahora me resisto, lo observo desde fuera, disfrutando del momento.

Os preguntaréis entonces qué es lo que me hace seguir leyendo con tanta emoción.

Es Ella. La que realmente me enamora es ella. 

Su personaje no había sido nombrado por nadie, nunca. Y sigue sin hablarse de ella. ¿Por qué? Es el alma, es la madre de los sentimientos que desbordan esta historia.

Ella me hace pensar, me hace estudiarme y caer en la cuenta de muchas cosas que habitan en mí y que en los últimos tiempos estaban dormidas.

Ella sí me parece absolutamente real y me hace sentir viva. 

Ella me invita a descubrir nuevos rincones en mí misma y en mi relación de pareja.  

Ella, que existe pero que es invisible para la gran mayoría de las mujeres, es quién me ha enganchado, quien me ha quitado el sueño y me ha hecho darme cuenta de que Grey, no sería Grey si ella no se hubiese cruzado en su camino.

¿Novelón? no, no lo es, pero enganchar engancha, y esta noche vuelvo a pasarla con Grey.

Tampoco está mal ser de vez en cuando como mis compañeras de viaje, aunque a cada una nos mueva algo diferente en este tema...

... a mí, la personalidad y el poder de esta mujer. Debo ser rara


27 de octubre de 2012

¿cómo...?


Puede que te preguntes...

... ¿Cómo se puede salir de casa un viernes a las 21:45, estando agotada de la semana, lloviendo, cargada con dos bolsas de ropa que no me pongo y aun así con una sonrisa de oreja a oreja?

¿Cómo se puede ir en coche al otro lado del pueblo impaciente por llegar, sin perder la sonrisa y pensando que las próximas horas van a ser un auténtico regalo?


¿Cómo puede una reírse durante cinco horas seguidas, hablar durante cinco horas seguidas, compartir noticias y notición durante cinco horas seguidas, desnudándose y vistiéndose veinte veces?

¿Cómo se puede llegar a casa a las cinco de la mañana, con la garganta irritada de tanto hablar, sin haber estado en un local con música alta y sin fumar?


¿Cómo se puede llegar con agujetas en las mejillas y en el estómago sin haber estado en el gimnasio durante horas?

¿Cómo se puede llegar de un mercadillo, con dos bolsas llenas de ropa nueva y preciosísima estilo "Marta" sin haber gastado ni un sólo euro?

¿Cómo se puede volver a casa, sintiéndose una la mujer más afortunada del mundo, con una sonrisa mayor que la de antes enmarcando mi cara?

¿Cómo se puede sentir, durante cinco horas seguidas, amor infinito hacia 12 personas a la vez, aunque una estuviese ausente y otra fuese "la agregada"?

Sólo hay una manera posible y ellas lo hacen en cada ocasión y con más ganas y más energía cada vez.

Sólo teniendo el privilegio de pertenecer a "La Chinguipandi" y ser tan afortunada de que todas y cada una de sus componentes se hayan cruzado en mi vida.

Un nuevo brindis por todas vosotras (esta vez con mirada y apoyando)

¡Chicas, gracias a las DOCE por ayudarme a ser feliz!




14 de octubre de 2012

reviviendo

Estaba llegando a casa hace escasamente media hora. Subía en el ascensor y he visto un mensaje en el móvil. Llevaba ahí tres horas, pero como he estado con la familia pasando la tarde y cenando no lo había visto.

He encendido la pantalla y se ha abierto paso hacia mí, sin miedo, sin esconderse. Ocupando todo el espacio y con todas sus letras bien a la vista:

"Estoy embarazadaaaaaaaaaaaa"

Mis manos no conseguían encontrar la llave correcta, por la alegría que he sentido. Indescriptible.

Y ahora estoy aquí sentada, tecleando, intentando expresar por escrito esos sentimientos y emociones que me han desbordado durante unos minutos, y que aún no han terminado de marcharse.

Quiero contarlos porque quiero poder recordarlos nuevamente aunque en el futuro no haya otro mensaje igual. 

Porque por unos instantes he revivido aquel día, aquella mañana, aquel minuto en que escuchaba con poquísima esperanza y, desde el otro lado del teléfono, me dijeron: "el análisis ha salido positivo".

Hoy siento una inmensa alegría por ella, a quien conocí de la manera menos esperada, con quien congenié desde los primeros diez minutos y me pasé hablando una hora en la calle. 

Ella a quien no tengo la suerte de ver a menudo pero con quien me pasaría días enteros compartiendo experiencias y momentos, tristezas y alegrías. 

Ella, una mujer increíble a la que casi no conozco pero a la que he he contado intimidades por necesidad de hacerlo y que ha hecho lo mismo conmigo. 

Hoy mis entrañas se han revuelto de alegría, mezclando sentimientos actuales por la gran noticia que acabo de recibir, con emociones guardadas desde hace seis años, pero tan a flor de piel, que me han salido por los ojos a borbotones.

Ahora me siento tan feliz por ella como aquel segundo en que me dijeron que, por fin esta vez, estaba embarazada de Eva.

¡Felicidades Raquel!  ¡Disfrutadlo porque  lo merecéis!

12 de octubre de 2012

nuevos sabores

Ayer me invitaron a cenar en un restaurante vegetariano.

Me llevaron de sorpresa, y cuando llegué me dijeron: "es que va mucho contigo"

Supongo que aparento, como dice quien me conoce, ser una hierbas a la que le apasiona saber para que sirve cada plantita, sus efectos sobre la salud y sobre la mente. Hablar a los demás de los beneficios y ventajas de cada alimento, e informarme sobre las formas de cocinar en que cada alimendo pierde menos beneficios.

¡Y es cierto! Soy de esas personas que saben que hay que cuidar lo que se come, que de vez en cuando me da por decir "ya no como más grasas hoy" y por seguir unas pautas de cuidados.

Pero por otro lado, y quien me conoce aun mejor también lo sabe, soy muy inconstante y me encanta regalarme placeres de todo tipo, por lo que me cuesta demasiado mantener pautas rígidas de alimentación más de una semana.

Yo como de todo, me encanta la carne, me pierde el pescado y todos los dulces y guarrerías del mundo. Y sobre todo, el chocolate negro.

Y debo llevarlo escrito en la cara porque curiosamente el camarero, cuando nos ofreció los postres, a él le habló de yogur, kefir y mermelada de tomate, y en cambio cuando se giró hacia mí me dijo: "también tenemos un postre de vainilla con cobertura de chocolate que está delicioso"

Y era cierto. Llenaba que ni os lo imagináis, pero estaba...

En fin, que el restaurante me encantó por ser diferente. Me encanta probar cosas que no he comido nunca, que combinan alimentos que normalmente no van juntos. La crema parmintieri estaba buenísima, el camarero era encantador y además me pusieron para llevar lo que en mi mini-cuerpo no entraba.

¡A la próxima elijo yo y tengo que encontrar un sitio magnífico!



8 de octubre de 2012

cada vez estoy más segura


Durante toda mi juventud, incluso me atrevería a decir que también en la infancia, cada vez que alguien me preguntaba cuál era mi estación favorita, siempre contestaba sin pensar, "la primavera".

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, puede que con la llegada de la madurez, o simplemente con la experiencia que nos da vivir en un país con unos paisajes tan ricos y cambiantes, ante esa misma pregunta me quedaba dudando un rato, para finalmente seguir diciendo, "la primavera".

Pero creo que la causa de mis dudas es que esa pregunta sobre las estaciones, esa que siempre surge antes o después a lo largo del año, se me hace grande. Me sobra. Me ahogo en ella si realmente me paro a pensar en serio cuál es la estación que me gusta más.

La primavera. Sí, siempre ha sido la estación que me ha sacado de ese encogimiento invernal que me deja metidita en mi misma y deseosa de rayos de sol. Siempre me ha llenado con sus colores y sus flores, y con ese ver aparecer los brotes en los árboles de un día para otro. No puedo negar que el ver nacer la vida cuando ella aparece, el sentir en mi piel la tibieza de la nuevo brisa que nos trae y salir de la monotonía de los grises, siempre ha despertado mi cuerpo y mi mente de una forma casi brutal.

Pero ya los últimos años, al llegar los primeros aires frescos, al visitarnos más temprano las noches y con las primeras lluvias otoñales, mi cabecita ha dejado de pensar que el otoño significa, en parte, la muerte y caída de la mayoría de las hojas. Ha dejado de pensar que el frío en poco tiempo se acomodará en mi hogar para no abandonarme en meses. Que la luz del sol va a acompañarme durante muchas menos horas al día y que tengo que empezar a rescatar del fondo del armario esas chaquetas y botas que me permitirán seguir relacionándome con el exterior.

Ya otros años, pero sobre todo éste con el calorcito que se niega a abandonarnos, el otoño se presenta ante mí como una explosión de color inigualable, ni siquiera por su hermana primavera. Puede que ella sea más variada en la gama de colores que exhibe, no lo niego. Pero él sin duda muestra tonos increíblemente más intensos y cálidos.

Será que me pierde el color rojo.

Será que hoy he salido a recoger hojas caídas para una decoración.

Será que este otoño, en lugar de sentir que algo se acaba, mi ser presiente que la vida no sólo continúa, sino que se abre paso a mi alrededor a pasos agigantados.

O será simplemente que al fin encuentro la belleza en cada rincón.

No sé que será, pero si alguien ahora quiere preguntarme cuál es mi estación favorita, deberá añadir a la pregunta un "para..." y así sabré que contestar. 

¿Para pasear recreando mi vista? ¡Sin duda el otoño!

21 de septiembre de 2012

sin palabras . . .













. . .  así es como me he quedado tras los hechos acontecidos entre ayer y hoy.

Con algo de incertidumbre . . .

. . .  mi mente se ha bloqueado ante la falta de explicación.

Sin brújula interior . . .

. . .  mi alma se tambalea por el suave vaivén del misterio.

Con una extraña paz . . .

. . .  mi cuerpo flota en un manto de absoluta e inesperada tranquilidad.

Sin miedo alguno . . .

. . .  y con ganas de tentar al destino ese en el que no creo.

Con un buen sabor . . .

. . .  así es como mi boca se siente tras probar la fruta prohibida.



17 de agosto de 2012

evidencias


(esta entrada tuvo que ausentarse temporalmente del blog, aunque creo que merece estar en él de nuevo)

La semana pasada mis ojos se abrieron por fin y mi corazón se rindió ante la gran evidencia. 

Fue un duro golpe, un doloroso despertar. Como un sobresalto a mitad de un intenso sueño. Me dio un latigazo tal, que mi mente quedó fuera de juego durante unos minutos, sin ver qué más ponía en la pantalla. Me recorrió un escalofrío de tal magnitud, que mi cuerpo quedó exhausto apoyado en la toalla, sin fuerzas apenas para sujetar la cabeza erguida.

Fue un momento duro, muy duro.

Ciertamente, si me paro a pensar en los momentos duros que la vida me ha regalado este último año, no sabría si ponerlo entre los últimos o entre los primeros, pero lo que si sé es que fue lo suficientemente fuerte como para que lleve casi una semana con él deambulando por mi cabeza sin dignarse a desaparecer.

Sí, fue un instante fuerte, muy fuerte. 

Mi cuerpo empezó a sentir por varias zonas diferentes y con diferentes intensidades, una gran variedad de sensaciones que se agolpaban mezcladas con los pensamientos y las emociones que abordaban sin permiso mi mente y todo mi ser, de tal forma que hubo un instante en que no sabía muy bien por donde me llovían los golpes ni dónde nacían esas sensaciones.

Comenzó por un calor asfixiante en las mejillas, que subía muy rápido y se instalaba en toda mi cara. Lo siguió una aceleración de los latidos de mi corazón, una presión insoportable en la garganta, un enorme nudo en el estómago a punto de estrangularlo, al tiempo que mis ojos ardían y comenzaban a acumular líquido en su interior que amenazaba con salir. 

Todo junto, todo de repente, todo según terminaba de leer aquellas letras que, unidas entre sí, formando palabras, traían a mi ser unas inmensas ganas de llorar.

Las aguanté, lo intenté al menos. Y lo conseguí durante aquellos dos minutos, mientras miraba la pantalla, mientras releía aquellas frases que cada vez me hacían más daño, que cada vez aclaraban más tantas cosas. Aguanté después porque a lo lejos vi llegar a mi amiga y anfitriona que se acercaba a saludarme desde el otro lado del jardín. Aguanté como una valiente hasta que se aproximó, hasta que con una sonrisa en los labios me preguntó qué tal, hasta que me quité las gafas de sol para besarla y, al abrazarla, no pude evitar que mis ojos se desbordaran.

Y en contra de lo que últimamente todos hubieran esperado de mí, y en contra de todo lo que en los últimos meses he intentado hacer, y en contra de lo que en medio de la piscina de mis amigos habría sido lo más apropiado, rompí a llorar como una niña desconsolada que no llega a comprender el por qué de su desconsuelo.

Pero poco a poco fui viendo luz entre mis ideas, ¿cómo no me había dado cuenta antes? siempre había estado ahí, ante mis narices, durante todo un año.

Era cierto, ahora lo veía claro: ya no existía amistad porque posiblemente nunca había existido aquello que yo creí amistad. Porque si aquellas entonces supuestas amistades habían decidido no contar más conmigo para sus andanzas sólo porque las circunstancias de mi vida habían cambiado, seguramente no existía una amistad real. 

Era cierto que hasta ese momento no me había dado cuenta de que ninguna llamó nunca tras mi partida para ver cómo me encontraba, que ninguna tuvo interés en saber cómo me iban las cosas tras un cambio tan grande de vida, o si necesitaba ayuda con la niña. Que ninguna llamó ni escribió nunca, que nunca llamaron para salir a tomar algo en grupo como a veces hacíamos. Hasta ese momento pensaba que serían las circunstancias de cada una, y que no habría dado la casualidad de que se vieran o que pudieran escribirme. Pero esas frases me despertaron, me hicieron ver que los correos y las salidas habían seguido existiendo. La que no existía era yo en ellos. ¡Claro, qué tonta! ¡Seguramente hasta hubiesen seguido cumpliendo años y celebrándolo!

¿Decidieron tomar partido en estas circunstancias de mi vida, y su decisión no fue acompañarme? ¿Sólo se han comunicado conmigo cuando ha habido algún interés de por medio? ¿Han preferido sacarme de sus vidas porque mi vida de ahora no encaja al cien por cien con la suya? ¿porque se cruzan a diario con mi pasado y prefieren no enfrentarse a sus miradas? ¿porque han tirado por el camino fácil de no tener que dar explicaciones a quienes les rodean? No sé, la verdad, pueden haber sido mil cosas las que les han llevado a actuar así. Pueden tener mil razones para comportarse así. Pero creo que una persona que te quiere nunca habría hecho caso de esas razones, simplemente no habrían existido ni se las habría planteado.

Todas y cada una de esas personas había tenido una importancia en mi vida. Todas y cada una de ellas significaba algo diferente para mí. Ahora todas y cada una de ellas han demostrado que yo no significaba nada para ellas y que han ante-puesto muchas cosas a nuestra relación. Ahora finalmente el comportamiento de todo este año queda explicado.

Y mientras esa tarde lloraba, mientras entre hipos trataba de explicar abrazada a mis verdaderas amigas lo que me ocurría, me di cuenta que al mismo tiempo que sentía aquel tremendo dolor en el interior de mi pecho, comenzaba a percibir un extraño alivio.

4 de agosto de 2012

entre los dedos

Hace un ratillo he recordado que tengo aquí mi pequeño blog en el que, por motivos forzosos, últimamente dejo poca huella.

Ahora tengo un hueco muy pequeño porque la familia me espera para asistir a una barbacoa, pero si me da tiempo, voy a escribir una letritas sobre una ideas que estos días me rondan, para que el pobre no pase tanta hambre.

El caso es que, como comentaba, estos días pensaba yo que hay momentos en la vida de una en la que el tiempo y los días se suceden sin que apenas me dé cuenta. 

Un lunes por aquí, un jueves por allá, un octubre en que llovió, un marzo que se va. Un invierno frío que quería que terminase, una primavera que entre alergias se alejó.

Y todos ellos, días, meses, estaciones, pasaban por delante de mí casi sin que fuera consciente de ello, desde hace bastante tiempo.

En estos últimos meses mi situación ha hecho que mis horas, días y meses tengan un valor especial y un sentido muy grande, y el vivir la vida contra-reloj me ha despertado y llevado a darme cuenta de que cada segundo cuenta y que los que han pasado no los recuperamos.

Mi criatura crece y nunca más tendré determinados momentos para estar con ella porque quedaron en el día de ayer, o en el mes pasado. Y esto no quiero perdérmelo. No mientras pueda.

Ha habido momentos en que la tristeza por los minutos perdidos quería apoderarse de mí, y casi lo ha conseguido, ha estado muy cerca.

Pero he sido más fuerte que ella, y he decidido ser más fuerte también que el tiempo, y no dejar que se me escape entre los dedos.

Así que ahora, hablando conmigo misma, como hacía cuando creía que tenía más tiempo, me he dicho:  suma todos los segundos en lugar de restarlos y vívelos como si cada uno fuera el último. 

Y creo que eso estoy haciendo, no perderlos por el camino.

15 de julio de 2012

sólo hay que confiar


Hay días en que una siente la necesidad de meterse entre los brazos de una persona en quien confiar.

Días en los que es necesario un poco de calor humano para continuar adelante.

Son días en los que nos parece que las horas no pasan y que la noche no va a llegar nunca con su calma, con su arropo.

Esos días en los que los paseos por la casa se hacen interminables buscando.

¿Pero buscando qué? Seguramente lo que nos falta. 

Mirando en los cajones, tras las puertas y bajo la alfombra, sin éxito alguno y sintiendo que seguimos si hallarlo.

Rebuscando en el armario, repasando la cocina y removiendo papeles. Buscando, de nuevo con esa sensación de ¿a por qué iba yo?

Porque durante esos paseos no somos conscientes de que, en realidad, lo que buscamos no es algo físico y real que se encuentra en cualquier habitación de la casa.

Porque esa sensación de ansiedad que nos llena y que nos hace movernos y pulular y seguir buscando y rebuscando, no va a marcharse hoy tan fácilmente.

Porque lo que realizamos es una búsqueda inútil de ese tacto ausente que hace tiempo que no cubre nuestra piel.

De esos dedos suaves que rozaban nuestra espalda al cruzarse en el pasillo.

De esos labios cálidos que acompañaban a los nuestros al final del día.

Ese tacto se fue de viaje y tarda en volver, ¿se habrá perdido?

Pero hay días en los que conviene dar una vueltecita más por el hogar porque, en el momento menos pensado, esa piel aparece detrás de una puerta, suave, desnuda, tal como la recordabas.

Y te roza y te despierta.

Y ese día que se limitaba a marearte de un lado para otro, se convierte ahora en ese día en que podemos, por fin, hacernos un ovillito entre sus brazos.






4 de julio de 2012

de un mundo a otro



Hoy vuelve a hacer calor. Ha pegado el sol desde bien temprano.

Y ahora que se ha ido ha dejado un regusto a sudor.

Es inevitable, el verano se asienta y cada día será un poco más caliente.

Me he preparado una clara con limón, que es lo que más me refresca y me quita la sed, al tiempo que me da una ligera alegría extra, que nunca viene mal.

¿Tú que haces cuando aprieta el calor?

Yo, aparte de mi bebida refrescante, he decidido pasar la noche con la persiana a medias para que el calor no pase la barrera, pero que el aire corra entre los muebles y mi cuerpo acalorado.

Me he dado una ducha más fresca de lo habitual y a la salida un gel refrescante en lugar de la hidratante diaria.

Con mi pijama de tirantes y mis pies descalzos, poco más puedo pedir.

Ahora sólo queda disfrutar de un buen libro que vaya atrayendo el sueño hacia mi hogar y, poco a poco ir desapareciendo de este mundo para pasar al de los sueños, donde no hace calor, pero tampoco frío.

Felices sueños.

31 de mayo de 2012

verdegrana

Los que pasáis por aquí de vez en cuando sabéis que yo "tengo días", como todo el mundo.

Unos mejores, otros peores, otros ni fu ni fa.

Además me gusta asimilar los estados de ánimo y las necesidades de cada uno de esos días a un color. ¡Que voy a hacerle, me entusiasman los colores!

Así, mis días suelen ser unos verdes, otros grises, otros rojos...

Últimamente abundan los días en los que se mezcla el verde con el morado, y son días en los que mi vida sigue cambiando y días en los que voy encontrando un sentido a ese cambio.

Pero realmente hoy lo que me apetece es contar que mi día de hoy ha sido extraño, con cambios de planes inesperados, algunos de ellos de trabajo que me han dejado sin ganancias y otros de salud familiar que me han sobresaltado. Si embargo, el morado que colma mis días se ha instaurado hoy con un tono diferente, más fuerte, más motivador, que ha conseguido que esos cambios verdes que hoy parecían apuntar a un verde desangelado y frío, hayan sido finalmente verde hierba amarillento, con esa calidez que necesitaba.

Entiendo que mi ser está cambiando por fin y está aprendiendo a mantener los colores que prefiere aunque desde fuera intenten cambiárselos. Y el descubrir esto, simplemente el hacerme consciente del poder que tengo ahora sobre mí misma, me hace sentirme plena.

Por eso ahora, pasadas las horas y avanzadísimo el día, los tonos granada y verde amarillentos que han bañado mi día, siguen llenándome tanto, que voy con la sonrisa perenne y con ganas de todo.

Puede ser por los colores, o puede ser porque en cinco minutos salgo hacia mi amada clase de danza oriental, lo que sé a ciencia cierta es que el final de mi jornada promete ser igual de especial y coloreada que el resto del día.



10 de mayo de 2012

mi supuesto bar


Hace ocho meses decidí hacerle a mi vida laboral un lavado de cara y, como respuesta a una necesidad económica importante, empezar un nuevo negocio y meterme de lleno en el mundo del pluriempleo.

Ha pasado el tiempo y todo parece marchar viento en popa, con los altibajos que el autoempleo conlleva.

Pero para que no se estanque donde está, desde hace dos semanas escasas ha sido necesario empezar a subir de nuevo una pendiente que va a costar remontar otros cuantos meses y que, con esfuerzo, me hará llegar por fin a esa cima que quiero alcanzar, y que me dará la seguridad de que a mi pequeña familia no va a faltarle nada.

La cosa es que todo este esfuerzo profesional, más que los beneficios económicos que poco a poco va aportando, para lo que realmente me está sirviendo es para darme cuenta de que en el corazón de algunas de las personas que me rodean, hay siempre un espacio para mí.

Es la una y media de la mañana y acabo de levantarme de la cama para escribir porque estaban asaltándome tantas ideas y tantos momentos y tantos sentimientos con respecto a esto, que no he querido arriesgarme a que se perdieran entre mis sueños.

Los sentimientos siguen rondándome, lo difícil es plasmarlos aquí. Los momentos son tantos que también es complicado.

Pero en resumen, lo que he sacado en limpio en este rato de dar vueltas en mi camita, es que mi familia y mis verdaderos amigos han puesto su semilla en ESTO que para mí ahora significa tanto y, que sé a ciencia cierta, que para siempre va a llevar parte de ellos impregnado.

Si lo comparo con la inauguración de, por ejemplo un bar, me doy cuenta de que han ido pasando por él todo tipo de personitas increíbles, algunos incluso haciendo esfuerzos.

Sí, sí, lo digo en serio.

Desde la coleguita más juerguista que siempre disfruta de sus cañitas y a la que, por tanto, le he abierto una ventana al paraíso y ya no sale de aquí, hasta la afectadilla por la crisis como la mayoría, que en realidad tiene que tomarse su vasito de agua porque no puede pagar más y a la que invito de vez en cuando porque viene simplemente por darme apoyo moral y por hacerme compañía.

Desde mi familia completa que se ha volcado por venir a comer aquí cada domingo sin faltar, hasta esa amiga que ya tiene un gran restaurante y no para de darme consejos y asesorarme para que el mío tenga éxito seguro.

Desde esa persona adorable que me hace la vida tan fácil y me hace sentir siempre querida, que está pendiente en todo momento de si necesito más servilletas o pan para acercarse a comprarlo, hasta aquella amiga de mi madre que tomaba el aperitivo en aquella cadena de restaurantes y ahora viene al mi humilde local todas las semanas porque le gusta como cocino, pero sobre todo porque prefiere invertir en mi negocio antes que en el de un gigante que ni se va a enterar ni se lo va a agradecer.

Desde aquel amigo que no tiene tiempo y encima no bebe ni va de bares pero ha venido alguna vez al mío simplemente por conocerlo, saber qué ofrezco y por presentarme amigos a los que sí les gustan los bares, hasta aquellos que se han involucrado tanto, que se han metido detrás de la barra conmigo y ahora servimos juntos las patatas bravas.

Es un bar multiétnico y de estilos variados, en el que cada uno está dejando escrita una frase en la pared que, por supuesto, no voy a borrar nunca.

Como dice una gran amiga mía “yo por mi familia mato” y ahora la mía necesita sí, o sí o también, que este supuesto bar navegue viento en popa, y lo voy a conseguir.

Pero quiero que sepáis que VOSOTR@S sois los que estáis consiguiendo que, por mucho trabajo que me cueste, que por mucha inseguridad que haya llegado a sentir, y por muchos baches que me esté encontrando en mi camino, siga hacia delante sin detenerme como hago a día de hoy.

Gracias, GRACIAS.

4 de mayo de 2012

¡en marcha!

Sí, estoy decidida. No existe ya ninguna duda.

Seguir alargándolo no tiene sentido y no voy a conseguir nada si no echo a andar.

He pensado en todo y creo que no me dejo nada:

- mente preparada
- cuerpo resurgiendo
- corazón recuperándose
- siento la necesidad
- tengo ganas
- existe motivación
- me puede el deseo

No se puede pedir más.

¡Voy a por todas!

17 de marzo de 2012

 fulgencismo mágico
Nota 6: Onírico  
El atardecer se filtraba entre las sedas de las cortinas y las celosías de las ventanas. El olor de las especias del zoco se elevaba, tibio, calentado por el sol del final de la primavera, y se mezclaba con el dulzor del azahar y del jazmín. El amante, tendido sobre la cama, observaba cómo ella se desnudaba, cómo dejaba caer –uno tras otro- los velos que cubrían las curvas de su morena piel. Los últimos rayos de sol perfilaban sus caderas y tornasolaban las delicadas telas que caían y se posaban como pétalos sobre los azulejos del suelo. 
Su cuerpo se cimbreaba al compás de una melodía solo percibida por los armonizados cuerpos. Él no pestañeaba por no perder en el vacío de sus párpados cerrados ni uno solo de los segundos que las arenas del desierto le regalaban en ese ocaso mágico. Ya solo quedaba el hiyab, casi todo el cuerpo se insinuaba en los últimos rojos del día y las lámparas de aceite lo calentaban. Ella cruzó la mano derecha sobre su rostro. Soltó el enganche y el trozo de tela cayó como la cuchilla de una guillotina. La faz del hombre mudó su color y la copa de vino que mantenía en la mano rompió el cristal del silencio nocturno. Y entonces ese aullido animal volvió a rasgar las almas de los hombres honrados.
Fulgen García

9 de marzo de 2012

sosiego

















Hay épocas en la vida en la que nos esforzamos en conseguir algo. 

Luchamos durante semanas o meses, incluso contracorriente, para lograrlo.

A veces no sabemos ni lo que es ese algo. 

A veces simplemente tenemos una necesidad.

Por suerte hay veces en la vida en que conseguimos darnos cuenta de que ese algo no es real.

Nos paramos, tomamos una respiración profunda, colocamos la postura, observamos alrededor y nos damos cuenta de que lo teníamos justo delante. 

No era necesario buscar. Estaba aquí. 

Necesitábamos simplemente percibirlo. 

Se trataba sólo de disfrutar esto, lo que tenemos.

Y en ese momento, cuando lo vemos, cuando lo sentimos, nos llena una inmensa sensación de paz.

La mente se calma, cesa el oleaje y nuestro cuerpo encuentra por fin el sosiego.




29 de enero de 2012

blanco


Están impacientes. Todo el camino preguntando, sobre todo la más peque.

El camino para ellas es eterno y, aunque cantando con los payasos, les parece que el ansiado blanco no va a aparecer.

-. Mirad niñas, por esa ventanilla, ¡un mar de nubes! y a la derecha nieve, ¿la veis?

Pobrecitas, con lo blanco que hemos llegado a ver nosotros este puerto y ellas haciendo peripecias en los asientos para conseguir ves un metro de nieve. Este invierno atípico...

Nuevamente el repetido "¿cuándo llegamos a la nieve?" Nuevamente el repetido "ya casi estamos".

-. Yo voy a hacer el angel. -. Y yo.

La verdad es que da gusto madrugar para estas cosas. primero ver amanecer, que las niñas nunca lo habían visto. Luego ver ese color dorado que se le pone a La Pedriza allí a lo lejos. Y finalmente la seguridad, no sólo de aparcar en Cotos, sino de disfrutar de la montaña solitaria y sin ruidos, casi sólo para nosotros.

La salida del coche es larga, ¡anda que no cuesta prepararlas para enfrentarse al frío!. Pero una vez abrigados, enguantados, engorrados y embotados, nos ponemos en marcha, algunas cual michelines andantes ¡qué graciosas van con sus andares robóticos y sus gafas!

Despues de volver a quitarnos la mitad de las capas que llevamos, esas tostaditas (por decir algo, porque vaya tamaño) que nos metemos entre pecho y espalda acompañadas del colacao, terminan de prepararnos para una jornada de subidas y bajadas.

Vuelta a vestirlas, vuelta a vestirnos, la verdad es que con una relajación y una paz que me gustaría trasladar al momento diario de vestirnos para ir al cole.

-. ¿Que ya no alquilan trineos aquí? pues vaya, hay que comprarlo. Rojo, precioso, brillante. Les encanta.

Y como somos un poco antisociales nos alejamos de la pendiente más concurrida y buscando el resguardo de esa laderita solitaria.

La primera bajada que hacemos mi retoñito y yo juntas es genial, aunque me hubiera gustado ver su cara de susto antes de llegar al final. Pero claro, una vez comprobado por si misma que continúa ilesa, ya no quiere parar.

La pitufilla mientras tanto a otra cosa. Claro, esa frenada de su padre con derrapaje incluído, que le ha llenado la cara de nieve, no ha terminado de convencerla.

-. ¿Hacemos un muñeco de nieve? con una nariz de piña.

Es una gozada hasta que, ya a media mañana, un par de autobuses nos regalan un montón de chavales que vienen a tirarse de mala manera. Era de esperar que al final nos echan.

Menos mal que encontramos otra pendiente un poco más allá, casi ya sin nieve, como la principal donde ya la gente se desliza directamente sobre la hierba mojada. En la nuestra queda un poco más y la aprovechamos un buen rato.

Eso de haber aprendido a tirarse solita con su trineo, y girar, y frenar (cuando se acuerda) ha sido para ella lo mejor de la mañana. Ver su carita feliz es lo mejor para mí.

Y cuando la niebla empieza a subir amagando con taparlo todo, llega el momento de marcharnos, aunque llegando al coche descubramos que ha sido un farol y que el sol va a seguir luciendo para los que se queden.

Tenía ganas, la verdad, de llevarla a la nieve.

Y repetiremos pronto. Si este invierno lo permite.

¡Sobre todo porque hay que amortizar el trineo!


Fotos tomadas el 29 de enero de 2012 en Navacerrada y Cotos respectivamente.

9 de enero de 2012

corazón coraza



Mi adorado Mario Benedetti hablaba de él en su maravilloso poema corazón coraza.

Pero para él, el significado de esa coraza no era exactamente el mismo que el que hoy me ha inspirado a mí. Bueno, realmente tengo que admitir que la inspiración no me ha llegado directamente, sino que, a raíz de una conversación en la que se me ocurrió decir la frase “este tipo de corazas no defienden, ahogan”,  una vocecilla enfrente me dijo – esta frase da para un escrito en tu blog. Y una, que es muy obediente, se puso a pensar en la posibilidad, aun a sabiendas de que un escrito no espontáneo es bastante complicado para mí.

Y aquí estoy, delante del ordenador, dándole vueltas a la idea, para ver cómo hacer que pueda tener algún interés para los ajenos a aquella conversación. Pero yo, repito soy muy obediente. Así que voy a ello.

Hubo un tiempo, muuuuy lejano, en que los seres humanos necesitaban utilizar la fuerza para entenderse entre ellos (¿seguro que esto ocurría sólo en un tiempo muy lejano? Tengo mis dudas, pero continúo). Cada vez que querían algo que no era suyo entraban en guerra con el vecino para quitárselo. El vecino, que no quería quedarse sin su posesión, usaba un escudo para defenderse. Dicho escudo era más efectivo cuanto más resistente era el material de que estaba fabricado. El escudo tenía la misión de no dejar pasar el ataque del contrario y proteger así la vida de su dueño, misión por otra parte, muy honorable.

Imaginemos una persona que quiere acceder a los bienes de otra. Imaginemos que para ello, y con intención de evitar la posibilidad de no conseguirlos, decide emprender un ataque físico y real, armado con una enorme espada de hierro.

Imaginemos ahora a la persona atacada y las dos posibles respuestas de la misma:

a) Siendo la primera vez en su vida que es atacado, y sin conocer los efectos del acero atravesando su cuerpo, se queda en pie esperando a recibir al que piensa que es un visitante, que al llegar le da muerte al instante.

b) Como ya había sufrido ataques anteriormente, cuando ve acercarse a su agresor con el arma en alto, entra corriendo a su castillo y se coloca su reluciente armadura. 

Imaginemos que la opción b) se va extendiendo por los distintos países, a medida que los atacados van escarmentando.

Al cabo de los siglos los escudos y armaduras fueron perfeccionándose y fabricándose de materiales cada vez más resistentes y al tiempo más ligeros. Esto facilitó su uso y lo extendió a las diferentes culturas, los diferentes sexos y edades. Lo facilitó tanto que, el hecho de llevar una coraza encima, no impedía realizar todo tipo de actividades. Es más, eran tan cómodos que empezaron a usarse para defenderse de otras cosas menos peligrosas que una espada. Cosas como una patada, un puñetazo, un grito, un insulto, una amenaza, etc.

En la actualidad, los escudos están tan extendidos que no sólo se utilizan para defenderse de estos ataques directos y reales. Se llevan puestos todo el tiempo para evitar ataques invisibles. Son tan ligeros que ni se notan. Tan transparentes que ni se ven. Son tan cómodos de llevar que la mayoría no podemos salir a la calle sin ellos.

¿Pero cuál es su misión exactamente? Supuestamente protegernos.

¿De qué? De lo ajeno y de lo propio.

¿Por qué? Porque tenemos miedo.

¿Miedo a qué? Miedo al resto de personas. A lo que nos hagan y digan. A que nos juzguen. Miedo a dejarnos influir por ellos. A que descubran nuestra verdadera persona y nos dejen desprotegidos. En definitiva, miedo a lo que puedan hacernos sentir.

Son escudos creados para defendernos de nuestras propias apreciaciones sobre los demás. Del efecto de nuestros prejuicios. Nos protegen contra las conversaciones que creemos dañinas y los pensamientos contrarios a los nuestros.

Son corazas invisibles que llevamos en nuestros corazones, que nos hacen desconfiar de la raza humana y que nos impiden actuar de manera espontánea. Cualquier estímulo pasa antes por el filtro de estas armaduras, convirtiéndolo en algo amenazante que debe ser rigurosamente estudiado por nuestra mente, para que ejecutemos la acción más adecuada a lo que se espera de nosotros.

Así, con el tiempo, esos escudos han pasado a integrarse en nuestro organismo de tal forma que ya no es una armadura lo que llevamos encima. Ahora lo que tenemos es un corazón coraza.

Por suerte algunas personas llevaban la coraza tan apretada les ahogaba en lugar de defenderlos, entre otras cosas porque no hay tal cosa de la que defenderse. Sentir ese ahogo les ha permitido darse cuenta de que cargaban con la coraza y han podido poner manos a la obra para liberar su corazón. 

Hoy reconozco ser la primera que peca de tener un corazón coraza, no abrirme del todo a los demás y de tener miedo a dejarme llevar en algunas situaciones. Pero no creo que sea la única a la que le gustaría que esto no fuera así, ni la única que quiero ser y sentirme de una vez yo misma ante los demás. Veo que otras personas lo están consiguiendo y me han abierto los ojos. Conozco a otros, no estamos solos. Te veo y quieres conseguirlo también.

Yo me he propuesto quitarle la coraza a mi corazón. 

Me apunto al reto. Y si te apuntas, yo te ayudo.