15 de julio de 2012

sólo hay que confiar


Hay días en que una siente la necesidad de meterse entre los brazos de una persona en quien confiar.

Días en los que es necesario un poco de calor humano para continuar adelante.

Son días en los que nos parece que las horas no pasan y que la noche no va a llegar nunca con su calma, con su arropo.

Esos días en los que los paseos por la casa se hacen interminables buscando.

¿Pero buscando qué? Seguramente lo que nos falta. 

Mirando en los cajones, tras las puertas y bajo la alfombra, sin éxito alguno y sintiendo que seguimos si hallarlo.

Rebuscando en el armario, repasando la cocina y removiendo papeles. Buscando, de nuevo con esa sensación de ¿a por qué iba yo?

Porque durante esos paseos no somos conscientes de que, en realidad, lo que buscamos no es algo físico y real que se encuentra en cualquier habitación de la casa.

Porque esa sensación de ansiedad que nos llena y que nos hace movernos y pulular y seguir buscando y rebuscando, no va a marcharse hoy tan fácilmente.

Porque lo que realizamos es una búsqueda inútil de ese tacto ausente que hace tiempo que no cubre nuestra piel.

De esos dedos suaves que rozaban nuestra espalda al cruzarse en el pasillo.

De esos labios cálidos que acompañaban a los nuestros al final del día.

Ese tacto se fue de viaje y tarda en volver, ¿se habrá perdido?

Pero hay días en los que conviene dar una vueltecita más por el hogar porque, en el momento menos pensado, esa piel aparece detrás de una puerta, suave, desnuda, tal como la recordabas.

Y te roza y te despierta.

Y ese día que se limitaba a marearte de un lado para otro, se convierte ahora en ese día en que podemos, por fin, hacernos un ovillito entre sus brazos.






4 de julio de 2012

de un mundo a otro



Hoy vuelve a hacer calor. Ha pegado el sol desde bien temprano.

Y ahora que se ha ido ha dejado un regusto a sudor.

Es inevitable, el verano se asienta y cada día será un poco más caliente.

Me he preparado una clara con limón, que es lo que más me refresca y me quita la sed, al tiempo que me da una ligera alegría extra, que nunca viene mal.

¿Tú que haces cuando aprieta el calor?

Yo, aparte de mi bebida refrescante, he decidido pasar la noche con la persiana a medias para que el calor no pase la barrera, pero que el aire corra entre los muebles y mi cuerpo acalorado.

Me he dado una ducha más fresca de lo habitual y a la salida un gel refrescante en lugar de la hidratante diaria.

Con mi pijama de tirantes y mis pies descalzos, poco más puedo pedir.

Ahora sólo queda disfrutar de un buen libro que vaya atrayendo el sueño hacia mi hogar y, poco a poco ir desapareciendo de este mundo para pasar al de los sueños, donde no hace calor, pero tampoco frío.

Felices sueños.