17 de agosto de 2012

evidencias


(esta entrada tuvo que ausentarse temporalmente del blog, aunque creo que merece estar en él de nuevo)

La semana pasada mis ojos se abrieron por fin y mi corazón se rindió ante la gran evidencia. 

Fue un duro golpe, un doloroso despertar. Como un sobresalto a mitad de un intenso sueño. Me dio un latigazo tal, que mi mente quedó fuera de juego durante unos minutos, sin ver qué más ponía en la pantalla. Me recorrió un escalofrío de tal magnitud, que mi cuerpo quedó exhausto apoyado en la toalla, sin fuerzas apenas para sujetar la cabeza erguida.

Fue un momento duro, muy duro.

Ciertamente, si me paro a pensar en los momentos duros que la vida me ha regalado este último año, no sabría si ponerlo entre los últimos o entre los primeros, pero lo que si sé es que fue lo suficientemente fuerte como para que lleve casi una semana con él deambulando por mi cabeza sin dignarse a desaparecer.

Sí, fue un instante fuerte, muy fuerte. 

Mi cuerpo empezó a sentir por varias zonas diferentes y con diferentes intensidades, una gran variedad de sensaciones que se agolpaban mezcladas con los pensamientos y las emociones que abordaban sin permiso mi mente y todo mi ser, de tal forma que hubo un instante en que no sabía muy bien por donde me llovían los golpes ni dónde nacían esas sensaciones.

Comenzó por un calor asfixiante en las mejillas, que subía muy rápido y se instalaba en toda mi cara. Lo siguió una aceleración de los latidos de mi corazón, una presión insoportable en la garganta, un enorme nudo en el estómago a punto de estrangularlo, al tiempo que mis ojos ardían y comenzaban a acumular líquido en su interior que amenazaba con salir. 

Todo junto, todo de repente, todo según terminaba de leer aquellas letras que, unidas entre sí, formando palabras, traían a mi ser unas inmensas ganas de llorar.

Las aguanté, lo intenté al menos. Y lo conseguí durante aquellos dos minutos, mientras miraba la pantalla, mientras releía aquellas frases que cada vez me hacían más daño, que cada vez aclaraban más tantas cosas. Aguanté después porque a lo lejos vi llegar a mi amiga y anfitriona que se acercaba a saludarme desde el otro lado del jardín. Aguanté como una valiente hasta que se aproximó, hasta que con una sonrisa en los labios me preguntó qué tal, hasta que me quité las gafas de sol para besarla y, al abrazarla, no pude evitar que mis ojos se desbordaran.

Y en contra de lo que últimamente todos hubieran esperado de mí, y en contra de todo lo que en los últimos meses he intentado hacer, y en contra de lo que en medio de la piscina de mis amigos habría sido lo más apropiado, rompí a llorar como una niña desconsolada que no llega a comprender el por qué de su desconsuelo.

Pero poco a poco fui viendo luz entre mis ideas, ¿cómo no me había dado cuenta antes? siempre había estado ahí, ante mis narices, durante todo un año.

Era cierto, ahora lo veía claro: ya no existía amistad porque posiblemente nunca había existido aquello que yo creí amistad. Porque si aquellas entonces supuestas amistades habían decidido no contar más conmigo para sus andanzas sólo porque las circunstancias de mi vida habían cambiado, seguramente no existía una amistad real. 

Era cierto que hasta ese momento no me había dado cuenta de que ninguna llamó nunca tras mi partida para ver cómo me encontraba, que ninguna tuvo interés en saber cómo me iban las cosas tras un cambio tan grande de vida, o si necesitaba ayuda con la niña. Que ninguna llamó ni escribió nunca, que nunca llamaron para salir a tomar algo en grupo como a veces hacíamos. Hasta ese momento pensaba que serían las circunstancias de cada una, y que no habría dado la casualidad de que se vieran o que pudieran escribirme. Pero esas frases me despertaron, me hicieron ver que los correos y las salidas habían seguido existiendo. La que no existía era yo en ellos. ¡Claro, qué tonta! ¡Seguramente hasta hubiesen seguido cumpliendo años y celebrándolo!

¿Decidieron tomar partido en estas circunstancias de mi vida, y su decisión no fue acompañarme? ¿Sólo se han comunicado conmigo cuando ha habido algún interés de por medio? ¿Han preferido sacarme de sus vidas porque mi vida de ahora no encaja al cien por cien con la suya? ¿porque se cruzan a diario con mi pasado y prefieren no enfrentarse a sus miradas? ¿porque han tirado por el camino fácil de no tener que dar explicaciones a quienes les rodean? No sé, la verdad, pueden haber sido mil cosas las que les han llevado a actuar así. Pueden tener mil razones para comportarse así. Pero creo que una persona que te quiere nunca habría hecho caso de esas razones, simplemente no habrían existido ni se las habría planteado.

Todas y cada una de esas personas había tenido una importancia en mi vida. Todas y cada una de ellas significaba algo diferente para mí. Ahora todas y cada una de ellas han demostrado que yo no significaba nada para ellas y que han ante-puesto muchas cosas a nuestra relación. Ahora finalmente el comportamiento de todo este año queda explicado.

Y mientras esa tarde lloraba, mientras entre hipos trataba de explicar abrazada a mis verdaderas amigas lo que me ocurría, me di cuenta que al mismo tiempo que sentía aquel tremendo dolor en el interior de mi pecho, comenzaba a percibir un extraño alivio.

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