9 de diciembre de 2012

ese abrazo gélido

No se ha hecho esperar aquí, en mi tierra, en mi vida.

Anteriormente lo recibía siempre sin ganas pero, en el fondo, hecha a la idea de tener que convivir con él durante meses, hasta que decidiera irse de nuevo ¡con viento fresco!

Esta vez vino, puede que un poco más tarde y más lentamente que otras veces. Puede que de forma más gradual. Eso me hizo sentirlo poco a poco sobre mi piel durante las dos o tres primeras semanas, notarlo como casi de refilón.

Me gustó la sensación y agradecí su llegada, porque ese cambio de tacto me estaba viniendo incluso bien.

Lo acepté contenta y lo dejé pasar a mi vida. No estaba mal un cambio de aires.

Pero ese viaje alteró todo entre nosotros.

Ese vuelo a tierras lejanas, a lugares tranquilos y de brisas cálidas, trajo hasta mí la cruda realidad, que hasta este momento había permanecido oculta tras un tupido velo.

Cinco días de lindos paseos a la luz de la luna, de días cargados de luz y calor. Cinco días que rompieron nuestra ya asentada rutina y la convirtieron en algo poco deseado y ya casi lejano.

Y todo ocurrió tan deprisa...

La vuelta fue, como esperaba, dura.

El contacto inicial, tan inevitable, resultó chocante y desagradable, casi doloroso.

Y lo peor de todo es, que pasados varios días, no he sido capaz de mirarle a la cara y decirle que me encantaría que desapareciera ¡para siempre! Porque sé que ni eso le haría marchar.

Y es por ello que nuestra relación se enfría. Se va congelando con el paso de los días.

Porque él es frío. Amanece a mi lado siempre helado. Me acompaña cada día con su abrazo gélido.

Me da frío a cada instante. Impregna todo mi ser con la más helada de las sensaciones.

Esta vez se presenta ante mí como un gigantesco estorbo que me impide moverme tan libre como me gustaría.

Invierno amenaza con quedarse todo el tiempo que le corresponde, por bonito, fresco y necesario que sea.

Invierno...

2 comentarios:

  1. Sí, sabemos que tiene que llegar, que demanda su tiempo y su espacio, pero no deja de resultar desagradable, en muchos casos, aunque gracias a él apreciamos más el calor acogedor de nuestro hogar o la mano caliente que nos acompaña en los paseos.
    Graziela

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  2. El frío regala el placer de la chimenea.

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