30 de noviembre de 2013

curiosos recuerdos


TALLER DE ESCRITURA

Ejercicio nº2 - trabajo con un recuerdo, convirtiendo parte en fantasía.


Había demasiadas cosas que me costaba recordar pero, sin saber porqué, en ese momento aquellos cordones regresaron a mi mente.

- ¡Qué curioso! – me dijo cuando lo mencioné - No me acordaba para nada, ¡qué horterada!

Y es que en Santander, a finales de los ochenta, causaban estragos los cordones fosforito en las zapatillas de deporte blancas. Por supuesto estaban mucho más a la última si se llevaban con un modelo Adidas tipo tenis, y más si eran de un color en el pie izquierdo y de otro en el derecho.

- Es que te sentabas en la primera fila, al lado de Jaime, y desde mi sitio a la derecha, podía ver sobresalir vuestros pies por delante de la mesa. Fue observando esos cordones cuando me di cuenta de que debíais ser familia porque, aunque a primera vista no aprecié similitudes físicas, habíais repartido los cordones verdes y rosas como buenos hermanos, ¡ja ja ja! – le contaba mientras daba otro sorbo a la cerveza - cómo me costó creer que habíais nacido, no sólo de la misma madre, sino y el mismo día- le confesé sonriendo.

- Me sorprende que tengas tan buena memoria para esos detalles, y que digas que no recuerdas casi lo que comiste ayer – me respondió contagiándome su risa.

Siempre he comentado que tengo memoria de pez, incluso suelo apodarme a mí misma Dori, como la pececilla de aquella película infantil, y lo de los cordones sabía que no lo recordaba por ser un detalle de importancia, pero ¿por qué lo recordaba entonces?

- Son curiosos los recuerdos que perduran desde nuestra adolescencia, teníamos 14 años, - me dijo -. Es raro que hayas olvidado cosas a las que entonces dabas tanta importancia, como que aquel repetidor que se sentaba detrás de ti en clase y por el que bebías los vientos, te sentara una tarde sobre sus rodillas, - me recordó sonriendo con la misma cara de guasa de hacía 25 años - ¡y sin embargo recuerdes el color de los cordones de mis zapatillas!

- ¡Bueno claro, que más raro es que recuerdes en que fila nos sentábamos cada uno y no cuántos habitantes tiene tu pueblo! – se metió conmigo haciendo que los dos riésemos de nuevo.

Pero la risa se paró en seco cuando, sintiendo una oleada de claridad en mi mente, le miré a los ojos frunciendo el ceño con gesto de extrañeza, giré las palmas de las manos hacia arriba y, casi más sorprendida que él le dije – resulta que la población de Bonilla de los Altos ha aumentado de 20.686 habitantes en el año 2000 a 47.037 a 1 de enero de 2013. ¡Ah, y disfruta de 700 hectáreas de monte!

Él se quedó pasmado. Yo estupefacta. Pero el tiempo apremiaba y quedaban muchos temas que rememorar antes de que tomase un tren y nos despidiésemos de nuevo por un tiempo indefinido. Sonreímos y, sin dar importancia a ese momento de iluminación que acababa de experimentar, continuamos ahora hablando de la perrita Lucy y de los otros juguetes que este año traerían a sus hijos y a los míos los Reyes Magos de Oriente.

¡Gracias por tu visita inesperada!

23 de noviembre de 2013

la respuesta


TALLER DE ESCRITURA

Ejercicio nº1 - El binomio fantástico


No dejaba de mirarlo en ningún momento. Con la luz del amanecer y sus claros destellos. Con el sol en lo más alto, destacando cada uno de sus colores. En el ocaso que lo cubría todo con su manto rojizo.

A veces se sentaba frente a él y dejaba pasar las horas, con la mirada ausente, como perdida entre sus rincones.

En otras ocasiones se paraba delante, de pié, con los brazos cruzados sobre su espalda, con el ceño fruncido y escudriñándolo largo rato con unos ojos sedientos de conocimiento.

Su hija no conseguía descubrir qué le llamaba tanto la atención, como para observarlo de aquella manera día y noche. No entendía qué buscaba, que veía o qué encontraba. Nunca sonreía al mirarlo, por lo que tampoco estaba segura de que le gustase. Le daba más bien la sensación de que algo en él lo intrigaba.

- Lástima que Papá perdiese la capacidad de comunicarse, echo de menos aquellas largas conversaciones. Pero hoy, sobre todo, me gustaría saber qué piensa cuando lo mira.- se decía mientras lo miraba desde el otro lado de la habitación.

Una tarde, después de la merienda, su nieta se le acercó a darle un abrazo antes de salir con su padre al parque. Dejó sobre la mesa la bolsa con cacharritos que llevaba para jugar con la arena y, al marchar, la olvidó allí.

En cuanto se dio cuenta la cogió, caminó con paso lento hasta el descansillo, pero llegó demasiado tarde, el ascensor ya había empezado a bajar.

Así fue como, volviendo hacia la sala, con la bolsa transparente de la niña en las manos, la vio asomando detrás del rastrillo y la pala.

Y entonces fue cuando su gesto cambió. La sacó de la bolsa con la delicadeza de quien coge un bebé recién nacido entre sus manos. Fue a la cocina, abrió el grifo, la llenó y, minutos después, ante la atónita mirada de su hija, inclinaba la regadera roja sobre aquel cuadro de la pared que durante tantas horas había contemplado.


Sin poder dejar de mirar, vio caer muy despacio las gotas de agua sobre las hortensias marchitas de la esquina inferior izquierda y por fin, en la cara de su padre, esa sonrisa triunfante del que ha encontrado una respuesta que llevaba años buscando.

(binomio: cuadro y regadera)