29 de diciembre de 2013

retrato


TALLER DE ESCRITURA

Ejercicio nº4 - creando un conflicto (en el ejercicio nº 5 estoy dando forma a este relato y cambiará muuuucho)


Subió los escalones de dos en dos. Sabía que, aunque llegase agotado a la cuarta planta, tardaría menos andando que esperando a que aquel antiguo ascensor bajara desde el sexto y volviese a subir. No estaba acostumbrado a llegar tarde y hacerlo hoy le incomodaba. Hacía meses que no venía y no quería quedar mal.

Le faltaba la respiración cuando daba las dos últimas zancadas en el descansillo. La puerta estaba abierta. La empujó apoyando el hombro con el peso de todo su cuerpo y entró en el piso. La tarima vieja crujió bajo sus pies y sintió en la cara una bocanada de calor que casi le deja sin aliento, pero continuó por el largo pasillo, mientras sus manos aceleradas empezaban a desabrochar la hebilla del cinturón.

Ella ya llevaba varios minutos en su sitio, entretenida, colocando sus cosas. De un tiempo a esta parte le gustaba hacer las cosas de manera tranquila, disfrutando cada instante. Sacó los tubos de colores y, tras dejar el maletín de madera en el suelo, los ordenó en fila sobre la mesita. Hoy parecía sobrarle más tiempo. Mientras colocaba el de color azul, escuchó al fondo de la sala el chirriar de las bisagras y levantó la vista.

Le vio atravesar la puerta del estudio y avanzar hacia su sitio en dos zancadas al tiempo que, de un solo movimiento, se quitaba el jersey de lana gris, arrastrando tras él la camiseta negra. Esa visión consiguió, por primera vez en mucho tiempo, alterarle un pulso que ella creía inalterable. No sabía dónde mirar, si al torso contorneado que había quedado a la vista, o a esos ojos preocupados que buscaban el sillón, tratando de esconderse del resto de las miradas.

- Lo siento Ricardo – dijo terminando de desabrochar el último botón de los vaqueros – me ha surgido un contratiempo, no volverá a ocurrir.

Se escuchó un gran revuelo de papeles y un murmullo general, antes de que el profesor les apaciguase desde su mesa –bueno, vale, ya estamos todos. Sólo han sido unos minutos así que tranquilo. Como hace tiempo que no vienes, y algunos no te conocen te presentaré: - hoy como modelo nos acompaña Mateo que, si le parece bien, se va a colocar de perfil, mirando hacia la ventana. Respira tranquilo y relájate.

Mientras el chico se recostaba apoyando el codo en el brazo del sofá, ella intentaba por todos los medios recomponerse. Le temblaba la mano como a una colegiala y le era muy difícil sostener el pincel. Le miraba fijamente. No podía dejar de mirar ese perfil griego de nariz protagonista que le recordaba a un actor de cine de otra época. El ojo oscuro, de mirada intensa, fijo en algún lugar al otro lado de los cristales. Un rizo rebelde que caía sobre su frente, dándole un aire desenfadado. Y ese pecho juvenil que subía y bajaba aún de forma acelerada, testigo del momento recientemente vivido.

Todo lo que veía la impedía moverse. Sin embargo su cuerpo era por dentro un torbellino de sensaciones que no paraban de recorrerla y toda su mente un sinfín de pensamientos que se amontonaban y empujaban unos a otros intentando ser el primero en manifestarse.

Ella, que durante años había seguido disciplinadamente las enseñanzas de su maestro, que había practicado la meditación y el yoga en todas sus variedades, logrando el ansiado equilibrio que tantos años buscó y sentirse bien en todas las facetas de su vida. Ella, que había vaciado su mente de recuerdos alterantes y que había encontrado en las artes un modo de expresión completo, agradable y divertido, que había aprendido a conocerse, a controlarse y a ser ella misma. Ella, Lidia la luchadora, se sentía ahora indefensa y nerviosa.

Mientras sus compañeros de clase empezaban a extender sus pinceles al frente guiñando un ojo para medir las proporciones, o colocaban el oleo en sus paletas o daban sus primeras pinceladas, Lidia miraba el lienzo en blanco con la intención de vaciar su mente por un minuto.

Se había prometido no luchar contra corriente, no ahora que había encontrado la paz. Era feliz viviendo de aquella manera, sin meterse en la vida de los demás, sin intentar cambiar el rumbo de los acontecimientos, y además su vida era sencilla y no se le presentaban demasiados momentos inesperados. Parecía tenerlo todo controlado de una forma que le hacía ser libre de disfrutar a su antojo de cada minuto de la vida.

Pero ahora, al ver al muchacho posando semi-desnudo, no pudo evitar sentir en lo más profundo de su ser una punzada de dolor que le pedía a gritos soltar el pincel y acercarse a él sin pensarlo. Pero si lo pensaba, todo lo que su mente en este momento podía pensar, se sentía incapaz de dar un paso.

Mateo pasó un momento su mano por el pelo, apartando ese rizo, mitad angelical, mitad malicioso y giró ligeramente la cara hacia el aula donde los alumnos intentaban plasmar en sus lienzos algo parecido a su silueta.

Entonces la descubrió. Medio escondida tras el caballete, con la frente apoyada en una mano y el tubo de oleo blanco en la otra. Inmóvil, encogida sobre sí misma, con una postura y gestos muy diferentes de los que él recordaba.

Lidia miró de nuevo en su dirección, sus miradas se cruzaron un segundo que para ambos fue eterno, pero Mateo disimuló, se giró de nuevo hacia la ventana tratando de no mostrar su inquietud.

La mujer lo vio darse la vuelta y se entristeció ante el gesto de indiferencia del joven. Agarrotada, continuó mirándole durante unos minutos, con la esperanza de que se girase de nuevo hacia ella, que demostrase al menos algo de interés, una mínima curiosidad. Pero la espera fue en vano. Él no se volvió.


Sin ganas, casi sin fuerzas tomó de nuevo su pincel, lo mojó en el color rosa que acababa de colocar sobre la paleta y, siguiendo su sentido común tan cultivado durante los últimos años y desoyendo a sus impulsos de levantarse y abrazarlo, empezó a dar las primeras pinceladas en el lienzo en blanco.

Tras las pruebas de color y el estudio de claroscuros, vio como poco a poco, la figura iba tomando forma y empezaba a reconocerse al joven en su retrato. Se paró y miró perpleja porque, aunque los rasgos aparecían bastante cambiados, seguían manteniendo la suavidad y dulzura de entonces, de cuando aún podía tener entre sus brazos a aquel pequeño hijo que se vio obligada a abandonar.


El joven la observó de nuevo, y ella pudo sentir el odio de su mirada clavándosele en las entrañas. Le hubiese gustado hablarle, explicarle al menos por qué lo hizo. Aunque no hubiese servido de nada, sólo para que hubiese tenido también su versión. Pero no hizo nada. Como aquella vez, simplemente dejó que su hijo le fuese arrebatado de sus brazos, hoy por él mismo, que volvió a negarle la mirada, esta vez para siempre.

1 comentario:

  1. Interesante puesta en escena de los personajes, se nota que dominas varias artes escénicas ya que hablas con soltura del mundo de la pintura, y obviamente el de las letras. Aunque ligeramente confuso en una primera lectura, una segunda le otorga claridad y coherencia al texto. Ya que dices que está inacabado, esperaré al final para dar una opinión más concreta. De momento me gusta.-

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