20 de diciembre de 2013

forzar o no forzar la máquina


Vivimos en un mundo muy cambiante. No es que cambie rápido desde el principio de los tiempos, porque hace miles de años e incluso hace sólo unos cientos, los avances y descubrimientos no se sucedían a velocidad vertiginosa. 

Pero de un tiempo a esta parte TODO avanza a la velocidad del sonido, y no digo a la de la luz porque entonces no nos quedaría sobre qué escribir en el futuro. 

Hace muchos años no necesitaban tanta ayuda externa para dialogar con uno mismo, pero ahora, en estos días en que todo vuela, existe por suerte lo que se llama entrenamiento pero que casi todos conocemos como “coaching” que, de una forma o de otra, leyendo libros, en internet o de forma personal, está a nuestro alcance para ayudarnos a evolucionar, a adaptarnos a esos veloces cambios, a luchar por lo que queremos y, todo ello mediante el conocimiento de nosotros mismos, de nuestras capacidades y de nuestras aptitudes. 

Si aprendemos todo lo que nos enseña y a tener una actitud positiva, podremos conseguir lo que nos propongamos. Parece increíble, pero es cierto. 

Ahora bien, esto es estupendo cuando lo que hemos elegido conseguir es algo que queremos de verdad, nos llena y nos va a llevar de verdad a la felicidad. 

Porque si se confunden los términos y esa meta se ha elegido por necesidad u obligación, por ejemplo, por parecer ser el único camino para salvar una economía familiar, se lucha por ello, se mira de forma positiva y se busca entre las habilidades mejorándolas en la medida de lo posible, pero el resultado que obtenemos no es el deseado. Y ¿por qué?. 

Podemos conseguir una primera meta, y una segunda e incluso una tercera, y nos ponemos muy contentos porque lo estamos logrando, sí. Pero el problema es cuando llegas a casa y dices “voy logrando pasos y metas, lucho por ello, me lo he propuesto y voy a conseguirlo, pero ¿soy feliz?". 

Desgraciadamente eso no nos lo planteamos a diario, sino que esperamos a sentirnos muy mal para hacerlo. 

Cuando no sólo no te gusta tu trabajo, sino que además te agobia realizarlo, te sientes mal, y lo haces sólo por llevar a tu casa un dinero pero, por otra parte, estás ya tan convencido gracias a tus sesiones de motivación que esto te va a llevar a cumplir tu sueño y que si quieres puedes, pues no te queda otra que tirar para adelante y seguir luchando por esa meta que, aparentemente te llevará más cerca de tu sueño. 

Lo malo es que sigues forzando. Sigues forzando una situación que, no sólo no te hace feliz ahora, sino que no lo hará nunca. Sigues forzando un cuerpo que acelera el ritmo de su respiración cada vez que tienes que realizar ciertas partes del trabajo y remueve tus vísceras cada vez que realizas otras. Y lo más grave, sigues forzando tu mente, estresada ya hasta el límite y confundida por los mensajes contradictorios que le bombardean cada día. 

Si esto ocurre, un día la máquina explota. Y ahí el problema ya tiene difícil solución. O sigues luchando por esa meta que para otros es maravillosa y que para ti sólo es un medio de ganar dinero a costa de tu salud y tu familia, o… 
… retomas tus lecturas o sesiones de coaching, o las conversaciones con tus amig@s enterad@s en el tema, y te pones manos a la obra a meditar sobre qué te hace feliz de verdad. Y entonces decides luchar por ello, a pesar de las críticas y comentarios que tendrás que escuchar sobre tu supuesta rendición y abandono del camino. 

Yo voto sin duda por rectificar el rumbo, porque, por mucho tiempo que haya pasado, por mucho dinero que hayas invertido, por mucho que creas que vas a retroceder, nunca es tarde para decir “hasta aquí” y buscar la felicidad en otras direcciones.

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