21 de febrero de 2014

Saldra, saldra...


Como muchas otras veces, hoy que he sentido la necesidad de sentarme aquí, mirar a la pantalla y empezar a escribir. 

En algunas ocasiones esa necesidad era simplemente la de expresar emociones. Otras la de contar algo ocurrido en mi entorno. A veces compartir mis sentimientos. 

Pero hoy no se dan ninguno de estos casos. Esta vez es una necesidad de otro tipo: calentar dedos, mente e imaginación para conseguir sacar adelante un ejercicio para el taller de escritura, que lleva un par de semanas resistiéndose a salir.

¿Cómo una persona que tiene siempre problemas para encontrar el buen final de una historia, puede ahora escribir un relato partiendo de un final? Eso me pregunté el primer día. Lo malo es que sigo preguntándome lo mismo. 

¿Y si nadie me cuenta un final? ¿Tiene que ocurrírseme solita? ¿Y si no se me ocurre? ¿Y si nada me inspira? ¿Y si cuando me paro a pensar nunca consigo que salga nada de mi mente?

Me estoy dando cuenta de que me gusta escribir, me gusta contar. Me gusta sobre todo dejar salir las ideas solas y que fluyan tal y como han nacido, sin darles apenas forma. Me gusta y me sale así. No sé si para bien o para mal, estoy comprobando que eso es sencillamente lo que sé hacer. Me gusta, me llena, me sale y, de vez en cuando debo hacerlo medianamente bien, porque alguien me dice que lo he hecho bonito.

Pero esta forma de escribir creo que no es suficiente a la hora de crear un relato y dar vida a unos personajes. Las líneas que suelen llenar mi blog, son letras que brotan de mi interior, fluyen de manera rápida, como si pasasen directamente del cerebro a la punta de mis dedos. Son palabras que, unidas entre si, cuentan normalmente una realidad, otras veces una divagación, y son meramente descriptivas. ¿Descripciones llenas de vida? algo parecido. Pero al intentar pasar de ese estilo descriptivo a una realidad ficticia como es la de un relato, se produce en mí un bloqueo que impide pasar esa corriente desde la mente al teclado. 

Sí, algo así es lo que me ocurre, creo. Todo son suposiciones que, además, están surgiendo ahora sobre la marcha según escribo sobre ello. Yo intento tener en cuenta todo lo que voy aprendiendo, ¡de verdad! y no ser crítica antes de acabar, ¡pero si no consigo ni empezar!

Creo que me falta imaginación para inventar historias que no sean la mía. Eso debe ser. Y lo peor es que, cuando alguna historia real me inspira un poco y me da por imaginar que pasaría si..., entonces me da miedo plasmarlo por temor a que mis seres queridos puedan creer que me está pasando a mí y se preocupen, ¡tan acostumbrados les tengo a contar mis experiencias con pelos y señales!

A veces juego a imaginar que soy una niña para comprobar si mi imaginación, a su vez, se multiplica, ¡pero es complicado volver a la niñez pensando en relatos para adultos! 

El caso es que, por unas cosas o por otras, por falta de ideas, de personajes o de final, por lentitud en los dedos o en las propias neuronas, aquí estoy calentando motores, intentando dar paso a la imaginación, para dejar salir a esa supuesta escritora que, supongo que porque me aprecian, algunos me dicen que llevo dentro. ¿Saldrá? 

12 de febrero de 2014

en estado puro

Ven, vamos a entrar en esta otra tienda a ver si aquí lo encontramos. 

Y tan dispuestas nos metimos en Benetton, sólo porque había rebajas, a ver si les quedaba algún abrigo de esos de colores vivos como el que tienen sus primas.

Llevábamos un buen rato por el centro comercial entrando y saliendo de varias tiendas sin éxito alguno. 

Durante todo ese tiempo tuve la suerte, o la desgracia, de sentirme acompañada por una extraña criatura totalmente desconocida para mí. 

Lo de suerte lo digo porque era la primera vez que, yendo las dos solas, sentía que estábamos de compras juntas. Mami mira, ¿te gusta este jersey? es verde, tu color favorito. Sí tesoro, es muy bonito y tiene pinta de ser muy calentito. Sí, como a ti te gustan, para mí seguro que da mucho calor, como soy tan calurosa. ¡¡Ay mami, mira, mira!! ¿estos zapatos te gustan? Noooo, ya sabes que no me gustan los zapatos de tacón. Ya, a mí tampoco me gustan, mami. ¿Y estos? ¿ay que monos para mí! pero seguro que a ti no te gustan nada, porque tiene brillos...¿sabes? cada vez me gustan menos las cosas con brillos, me voy pareciendo a ti. ¡¡Mamáaaa!! mira ven, verás que maniquí más guapa, ¿te gusta su pelo? es chulísimo tan laaaargo. Yo de mayor voy a tener el pelo así de largo. Me parece estupendo, cuando seas mayor y lo laves y cuides tú, puedes tenerlo como quieras, solete. En cambio ese maniquí es feísimo, ¡le han puesto una ropa horrible! ¡Anda! esta tienda tiene muchos abrigos, seguro que aquí hay alguno que me valga. Sí, en esta seguro, vamos a mirar. ¡Este me gusta mamá!, ¿te gusta? Sí, mucho, pero no tienen tu talla. ¡Vaya tarde de mala suerte! tantos abrigos que vemos, ¡los que nos gustan no me valen y los que me valen no nos gustan!

Todo esto anteriormente escrito, fue dicho por la criatura todo seguido y sin respirar, acompañado de una cara de entusiasmo constante, de la que se le salían los ojos cada vez que veía algo nuevo y una actitud increíble de colaboración en la búsqueda. 

Estábamos juntas, la criatura y yo, a gusto buscando un abrigo, juntas, contentas de entendernos en casi todo aunque no opinásemos lo mismo y charlar juntas durante tanto rato. ¿He dicho que sentí que estábamos muy juntas?

Pero como mencionaba más arriba, no todo fue agradable para mí. Tenía una extraña sensación al lado de esa criatura. Empezaba a invadirme un miedo difícil de explicar. ¿Esta criatura se ha llevado a mi hija? ¿Se la habrá comido? ¿Habré perdido a mi niñita para siempre? ¿Ha crecido ya tan pronto, con sólo seis años?

Iba yo abstraída pensando en todo esto, y empezando a echar demasiado de menos a mi pitufita, cuando entrábamos en Benetton.

Para abreviar me dirigí a la dependienta y le pregunté directamente. ¿Hola, ¿os quedan abrigos rebajados? Sí, en aquella esquina. Gracias, vamos cariño. Sí mami, a ver si lo tienen, porque allí veo varios y seguro que alguno me vale.

Y yo pensando, casi en voz alta, ¡casi gritando! ¿¿¿dónde está mi niñaaaaaaa???

Y al llegar a los abrigos, mientras miraba el azul marino, color que a mí me horripila pero que combina con el uniforme, de repente dejé de escuchar su voz. Me asusté, como cada vez que la pierdo de vista medio segundo. Miré a los lados y no la vi. Detrás de la estantería, no estaba. Y grité ¡¡Evaaaaa!! 

¿Qué? - escuché un poco más allá. Y allí estaba. Hacía el pino, apoyando los zapatos oscuros del uniforme en la pared blanca limpia de la tienda. No enseñaba las bragas porque llevaba leotardos, pero tenía toda la tripa al aire, como de costumbre. Y lo mejor de todo: sonreía cabeza abajo, con los pelos colgando y la cara colorada por el esfuerzo. 

Sí, allí estaba, ¡¡uff!!  ¡La extraña criatura había por fin abandonado y mi hija, por fin había vuelto. Que tentación tan enorme dejarla ahí del revés hasta terminar de mirar todo. Qué placer verla haciendo el mono en su estado puro y original.

Pero el deber de madre, y sobre todo mi deber cívico... ¡pitufa ahí no hagas el pino, que se mancha la pared y nos van a llamar la atención!... me obligó a romper ese momento tan mágico.



1 de febrero de 2014

nada igual

Esta mañana lo he sentido de nuevo.

Estaba yo pensando, mientras me dejaba llevar por las sensaciones: no hay nada como dejar que el agua caliente cubra mi piel. Nada mejor que  ese abrigo húmedo y cálido contra el frío mañanero. 

No existe nada tan agradable como sentir el agua cayendo sobre mi cabeza, con los ojos cerrados y en un duermevela provocado por el madrugón. Nada.

Nada igual que esa protección, casi abrasadora, que me permite dormir de nuevo pero de pié, ¡cualquier día de estos me caigo de verdad!

Tengo que reconocer que, por suerte para mí que soy perezosa, de un tiempo a esta parte, lo de las duchas recién levantada y semi-inconsciente ha pasado casi a la historia. Ahora me levanto, desayuno y me pongo a trabajar en casa. Es algo más tarde, a la hora de salir, cuando me ducho en plenas facultades mentales. Muchos días incluso me ducho por la tarde o noche con mi peque, las dos juntitas, que nos encanta. 

Pero hoy, aunque no trabajaba porque es sábado y habiéndome acostado casi a la una, tocaba madrugar. Y hoy, después de mucho tiempo, he tenido que ducharme medio dormida.

Como siempre, después del momento pereza y frío al desnudarme, me he refugiado bajo su manto y he estado casi soñando. No hay nada como esos minutos. Nada.

Pero tampoco hay nada peor que ese momento en que, en uno de esos micro-despertares que evitan que me caiga, me ha vuelva la consciencia y esas imágenes de sequías, pantanos secos, facturas del gas elevadísimas y, sin poder evitarlo pero en contra totalmente de mi voluntad, tenga que cerrado el grifo, dejar de sentir el agua caliente y he empezar a quedarme helada mientras me seco.

Nada igual. En fin, ¡que me quiten lo bailáo!