23 de julio de 2014

estirando sueños

¿Quién no ha tenido alguna vez esa sensación de que le rompen un sueño en pedazos? ¿Ver cómo se escurre entre tus dedos cuando acabas de llegar al mejor momento? Yo muy menudo, a veces pienso que demasiado.

Pero no hay que asustarse, no me refiero a esos "sueños reales" que son las cosas que queremos conseguir en la vida. No, me refiero a los sueños literalmente hablando.

¿Nadie más cree que es injusto que un momento increíble, de repente haga "zas" y se esfume?

Podríamos pensar que es lo normal, siempre hay que despertarse porque nadie puede dormir eternamente. Esa sería la explicación lógica. Pero desde la infancia he huido tantas veces de la lógica porque, simplemente, hay casos en los que no me gusta. Hay quien me tachará de inmadura, ¿y qué? lo he sido, lo soy y seguiré siéndolo. Y hay a quién incluso le gusta esa faceta mía. 

El caso es que esa inmadurez me lleva a no entender por qué mi mente fabrica imágenes, emociones y hasta sensaciones, para luego arrebatármelas cuando más las estoy disfrutando. ¡Que no! ¡que no logro entenderlo!

Es más, ni lo entiendo, ni lo acepto. Y como no quiero aceptarlo, practico la técnica que yo llamo "estiramiento de sueños". 

Esta mañana, sin ir más lejos, he tenido que utilizarla y, podría decirse que casi ha sido un éxito.

Andaba yo entre mis sábanas deleitándome con los acontecimientos de un sueño que, como la gran mayoría de los míos, había empezado de forma rara mezclando lugares, personas y hechos.

El caso es que todo empezaba a centrarse, la cosa iba tomando una forma interesante y sentía mariposas en el estómago. Después de un sueño tan largo y ajetreado, el otro protagonista y yo nos mirábamos a los ojos acercándonos lentamente.

Es curioso como, aun dormida, he pensado lo extraño que era no haberme despertado ya (suelo despertar en lo mejor de cada historia) pero, para mi asombro, la historia ha continuado su curso y nuestros labios se han juntado.  

He disfrutado de su cercanía, de sus manos tomando mi cara y de su pelo enredándose entre mis dedos. He sentido la calidez y la humedad de su beso y el placer de poder, por fin, perderme entre esos labios carnosos que tanto había deseado.

Pero a mitad del beso he escuchado entre sueños la voz de mi vecina del bajo saludando a alguien en el jardín. Y como por arte de magia la he integrado al sueño, de una forma extraña claro, si no no sería yo. La cosa iba así: nosotros seguíamos besándonos, yo al mismo tiempo oyendo a mi vecina de fondo y pensando "de este sueño no me despierto, no quiero, no, no y no".

Mis brazos se han aferrado a su cuello y mis labios a su boca, para impedir que nada nos separase. Y entonces, inevitablemente, el conserje ha puesto en marcha la maldita maquinita de soplar hojas, también conocida como "rompesueños". Eso ya ha conseguido despertarme del todo pero, aun así, yo he seguido estirando mi sueño. No se lo cuentes a nadie pero, si no llegas a abrir los ojos, te pones las manos en los oídos y no pierdes de vista la última imagen de tu sueño, puedes conservarla en un duermevela durante un tiempo que es precioso y sabe casi mejor que el propio sueño (nunca sabré cuanto dura ese breve espacio). 

Y así estaba yo, estirando al máximo mi sueño. Disfrutando esa emoción del primer beso, saboreando su ansiado sabor, reteniendo uno de sus labios entre los míos y sintiendo sus dientes rozar mi piel. Andaba gozando y estremeciéndome de placer, nuestras lenguas casi rozándose cuando, ya casi dormida de nuevo, en la extraña habitación en la que nos encontrábamos, se han escuchado unos pasos descalzos y una vocecita conocida diciendo "hola mami". 

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