5 de julio de 2014

suena, huele, moja...

Suena. Es un sonido continuo, suave, relajante.

Huele. Es un olor agradable, fresco, a hierba mojada.

Moja, pero sólo cuando te pilla, como antes, a mitad del paseo.

Es muy diferente sentir la lluvia sobre ti cuando te coge por sorpresa, hace frío y sales a buscar a la peque al cole, que cuando sales a pasear con chirimiri por la Galicia profunda, entre robles y bajo un chubasquero, esperando que en cualquier momento arrecie y tengas que refugiarte bajo los árboles.


Tampoco es lo mismo verla cuando te encuentras dentro del coche en pleno atasco en el centro de la ciudad, sabiendo que en 10 minutos te tocará bajarte, abrir el paraguas y calarte hasta los huesos para seguir trabajando mojada, que verla, ya después de secarnos, desde la ventana abierta de tu Casiña Rosalía, en tu paradisíaco hotel rural, sentada enfrente de tu familia mientras uno lee, otra dibuja paisajes de la peli Mary Poppins y tu escribes sobre la lluvia.

No es lo mismo, y NO ES LA MISMA.

Esta lluvia me invita a decir "me gusta pasear bajo la lluvia", me invita a escribir porque me inspira. Me hace sentir realmente de vacaciones, alejada del mundo y de otros sonidos (bueno, hay un leve tarareo infantil, pero pasa casi desapercibido)

¡Ah! y de fondo escucho las hojas de esos inmensos árboles y del río que bordea el jardín. Sí, también se escuchan, pero nada más.

No suena nada más, no huele a nada más, LLUVIA GALLEGA.

Y siguiendo la línea de las preguntas que me hago últimamente... ¿puede pedirse algo más en tu segundo día de vacaciones?



El caso es que cinco minutos después de escribir esto, la peque me ha pedido que se lo leyera y, al terminarlo, me ha dado un abrazo inmenso. Por lo que veo, ¡aun sin pedirlo se podía tener algo más!


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