26 de agosto de 2014

flotar...

Cuando una es medio autista y vive en una urbanización con piscina, pongamos que hablo de mí, encuentra un gran consuelo el día que sus retoños alcanzan la edad en la que pueden bajar solos a la piscina.

Los sacrificios que se hacen cuando una es madre son incontables. Por supuesto unos son mayores y otros menores pero, cuando no te gusta el agua fría, no te gusta contar tu vida a los vecinos y no te gusta tostarte al sol sin ton ni son, bajar a la piscina con ellos es uno de esos sacrificios de tamaño importante, sobre todo porque dura varios años.

Los siete años es una buena edad para que, habiendo una socorrista estupenda, llevando 5 años nadando en el colegio y viéndola desde la ventana en todo momento, decidas que puede bajar a relacionarse con las decenas de niños que alegran el jardín y ese charco donde les encanta pasar las horas.

Eso tiene varias ventajas:

- la primera y grande en importancia, es que ya no es obligatorio relacionarse, puedes mantener tu autismo estival y reservarte para verte con quienes de verdad te importan.

- La segunda es que no tienes que meterte en el agua fría los días y ratos que tu cuerpo no te lo pide.

- La tercera es que puedes aprovechar esos tiempos para leer, trabajar, recoger o tocarte un pie con total libertad.

Tienes capacidad completa para elegir en qué momento quieres bajar a la piscina a nadar y refrescarte.

Aunque esto tiene también un gran inconveniente: nunca encuentras "ese momento" para bajar y nadar un poco.

Pongamos que sigo hablando de mí.

Hoy a mediodía podría haberme dado por bajar con mi hija a nadar y refrescarme, ¡madre mía que calor está haciendo estos últimos días, incluso en mi pueblo!

Y si lo hubiese hecho, el mejor momento hubiese sido a las tres, justo cuando la socorrista echa a todos los enanos y cierra con llave. En ese momento en que tienes la piscina sólo para ti.

Si hubiese bajado me hubiera dado cuenta de que hoy el agua no estaba, ni mucho menos, fría y que daba gusto nadar en ella y compartir ese rato con la peque y su papi.

Puede ser además que me hubiese dado por hacer eso que tanto me gusta y que creo que es el mayor placer que puede darme una piscina vacía: tumbarme en la superficie en todo el centro, abrir los brazos en cruz y separar las piernas, cerrar los ojos y hacer la muerta durante rato y rato con los oídos bajo el agua, asilada de todos los sonidos que no sean los chorritos, sintiendo la luz del sol en mi parte superior y el frescor de agua en la inferior. Dejando que mi mente se evada y mi respiración se ralentice hasta hacer desaparecer todo signo de inquietud o cansancio



FLOTAR.

Eso es lo mejor que se puede hacer en una piscina vacía y, si hoy hablásemos de mí, podríamos decir que habría bajado a flotar en la piscina y a llenarme de esa sensación de relax que hacía unas tres semanas que tenía abandonada.

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