27 de octubre de 2015

de dioses y azares

La mayoría de las leyendas cuentan que los dioses siempre han vivido felices allá arriba, entre las nubes, lejos del mundanal ruido y ajenos a los problemas que suelen preocuparnos a los de a pie.

Dicen, que raro es el día en que no celebran una fiesta, en que no brindan por algo o en que no redoblan los timbales anunciando una buena noticia.

Siempre hemos creído que su vida transcurre libre de dolor y angustias, colmada de alegrías, gozos y todo tipo de placeres.

Pero no es así. Se habla de un dios que no es feliz. Durante su infancia era alegre y vivaracho pero quiso el azar que, durante su juventud, sucediese algo que lo cambió para siempre.

Hacía unas semanas se había celebrado su compromiso con una joven diosa, conocida por su don para contar bellas historias y cuentos.

Una tarde, cerca ya del ocaso, en ese momento en que empiezan a aparecer las primeras sombras, estaba su diosa contando una historia en la que el protagonista era un humano. En cierto momento, cuando ella lo describía como el humano más bello que hubiera vivido jamás en la tierra, el cielo oscureció más de lo normal y un inmenso silencio lo invadió todo. Los dioses, asustados ante tan repentina oscuridad, huyeron en todas las direcciones dejando sola a la joven diosa que, de naturaleza valiente, observaba los cambios del cielo y, sin saber muy bien por qué, se sentía atraída a quedarse allí y dejarse maravillar por la extraña belleza de la noche. Su amado dios la insistió en que debía protegerse, pero algo superior le obligaba a quedarse en ese lugar.

De repente, ante el espanto de todos, de la oscuridad salió una figura cuya silueta parecía humana. El dios pudo ver cómo se acercaba a su amada, como la llamaba y como ella tras observar el bello rostro de aquel hombre, quedaba hipnotizada y lo tomaba de la mano acompañándolo en su descenso al mundo terrenal.

Así fue como ese, hasta entonces dichoso dios, perdió su alegría de vivir, viendo como un humano sin escrúpulos le arrebataba aquello que más había amado y dejaba un inmenso vacío en su corazón.


Y cuenta la leyenda que, fue tal su desengaño, que aún hoy, en los días de lluvia, podemos escuchar su desconsolado llanto, acompañado de luminosos rayos que envía a la tierra en un inútil intento de iluminar su inmensa oscuridad.

EJERCICIO: Relato a partir de 8 palabras.

21 de agosto de 2015

te necesito ya

10 días. Sólo 10 días faltan para que nos encontremos de nuevo.

Hace ya casi un año de nuestro último encuentro, aquel en el que, como en veces anteriores, pasamos juntos una semana maravillosa.

Se acerca el momento del reencuentro y ya casi no puedo aguantar, pues el simple hecho de traerte a mi memoria me hace sentir embriagada de ti y perder la noción del tiempo. Puedo pasar largos ratos recordando tu olor, ese que en cada ocasión me vuelve loca y me invade incluso antes de haber llegado a ti. Me encanta dejar mis pensamientos merodear por los recuerdos de tu perfil y de tus tortuosas curvas, recreándome en esos espectaculares valles que te hacen tan apetecible.

Estoy a algo más de una semana de admirar otra vez tu fresca belleza, de perderme por tus rincones y dejarme cautivar de nuevo por la inmensa vida que albergas. Ansío esos largos paseos sintiendo las olas en mis tobillos y los sonidos que me regalas cada mañana. Necesito tus sabores, el roce de tu ligera brisa y tenerte ante mis ojos. Y lo necesito ya.

Ha sido un placer poder viajar virtualmente a Menorca, Mazarrón, Lanzarote, Cerdeña e incluso salir de España hasta París, Tailandia y Suecia, gracias a las fotos y las mini-conversaciones que permiten las redes sociales y chats, pero ahora mi necesidad va más allá y el cuerpo me pide que le regale, de una vez por todas, placeres más contundentes y reales.

Y tú eres real. Tú eres lo que más deseo en este momento y sólo espero que estos 10 días no se conviertan en una eternidad, mi amado paisaje cántabro.



19 de agosto de 2015

en puerta cerrada no entran moscas

Dicen que a veces es bueno cerrar algunas puertas, no por orgullo ni soberbia, sino porque ya no llevan a ninguna parte.

Mi filosofía de vida y las corrientes a las que me aferro dicen que no se puede vivir sin perdonar, y yo creo que es cierto. Perdonar te libera y te ayuda a soltar lastre para poder alcanzar nuevas metas. En consecuencia, las pocas personas que han conseguido herirme de verdad en mi vida, están perdonadas hace tiempo.

Sin embargo perdonar no es olvidar la decepción que me hicieron sentir.

Por eso yo practico el aprender, superar, perdonar y dejar ir. Esto último es darte cuenta de que hay personas que son parte de tu historia pero no de tu destino y que dejándolas atrás liberas los espacios que ocupaban, para que puedan llenarlos quienes han demostrado merecer un hueco en tu vida.

Y cuando esos huecos se han llenado de nuevo te sientes tan plena que los recuerdos de esos momentos sólo tienen sitio en las estanterías traseras de tu memoria. De allí salen muy de vez en cuando y ya totalmente carentes de emoción, ante algún comentario pasajero que logra recordarte a aquellos que te perdieron por el camino.






17 de agosto de 2015

a nadie le amarga un dulce

No es que le haga ascos a un bombón, para nada. ¿A quién no le gusta una buena tableta de chocolate? ¿Quién no mira con agrado una cara guapa y varonil de rasgos griegos?

Pero puestos a soñar, una preferiría poder elegir el dulce al que va a hincarle el diente.

Cuando de noche andas mezclada con personas de diversa índole, que no sabes por qué están apretujadas en la antigua casa de tus abuelos, convertida ahora en selva, que tanto son adultos de tu entorno, como alumnas de la escuela de danza que rondan los 16...

Cuando no sabes muy bien qué está ocurriendo porque es uno de esos días en los que la cosa está liada y, ves así de repente que una de esas personas que abarrotan tu espacio es Maxi Iglesias, piensas, ¡guau, en persona es igual de guapo!

Si sigues pensando, como ha sido tu caso, llegas a la conclusión de que está allí por alguna de las jóvenes danzarinas, y sigues a lo tuyo, a lo que fuera que estabas haciendo allí, con aquel revuelo que empieza a agobiarte.

Y cuando pasa el tiempo y ves que sigue allí solo, depié, mirando hacia tu esquina y que tú, como por arte de magia, ahora estás tumbada en una hamaca de tela que cuelga entre dos árboles, empiezas a preguntarte por qué él.

¿No dicen que durante los sueños organizamos nuestras ideas, pensamientos y recuerdos? Debería estar en su lugar, si tiene que tratarse de un yogurín de esta edad, Alex Gozález por ejemplo, que te ganó con su simpatía en los making-off del Príncipe, o a lo sumo Rubén Cortada que, sin haberte enamorado como su compañero de reparto, posee unas cualidades físicas irrechazables.

Pero Maxi...

El chico es guapo, casi perfecto con ese perfil griego, y esos preciosos ojos claros, juro que he mirado fotos suyas antes de ponerme a escribir y no he sido capaz de discernir si son azules, verdes o grises, quizá tiran a azules... son, eso seguro, enigmáticos y atrayentes pero, para tí fríos. Te resulta todo él de una belleza fría que no logra removerte en absoluto. 

Y sin embargo es él, no otro, y está ahí, delante de ti. Y tu sigues ahí tumbada viendo que se te acerca con ese aire de galán clásico pero a la vez actual, con esa imagen entre juvenil y adulto, y te mira, y lanza esa sonrisa ladeada y pícara que tanto ha debido ensayar ante el espejo, y no puedes evitar recordar que en Velvet la que le hacía arder de pasión era la madurita.

Y no le quitas ojo mientras llega a tu hamaca, y piensas ¿por qué me mira a mí?, ¿por qué me sonríe así?¿estaré mirando yo de alguna manera provocativa? Y le escuchas mientras amplía su sonrisa, "hola". Y empezáis a hablar, y le cuentas cuando dos amigas tuyas coincidieron con él en la cola de un cine, y el te cuenta algo más pero no sabes bien qué es, porque sigues, cabezota como eres, pensando una vez más ¿por qué Maxi? ¡Qué raro que sea él!

Hasta que él, paciente sólo hasta unos límites, se inclina hacia ti apoyando una mano en la tela de la hamaca que rodea tu cuerpo y te atraviesa con su mirada.Tragas saliva cuando, con la otra mano, te coge la cara susurrando "deja de pensar de una vez" y planta esos labios carnosos y sensuales que le caracterizan encima de los tuyos.

Parece que sí era capaz de remover tu cuerpo por dentro, ¡madre mía, por todos sus rincones! Su mirada será fría detrás de la cámara pero sus besos son cálidos y tiernos en los sueños, y sus manos suaves y atrevidas.

Desaparecen todas las personas a vuestro alrededor y os entregáis a unos momentos tórridos, de esos que has visto en las pelis. Y dices para tus adentros, porque por supuesto sigues pensando, ¿besará así Alex González en los sueños? Puede que no. Así que, dejándote por fin llevar del todo, le dices al oido: ¡bienvenido seas Maxi-Bombón!




22 de junio de 2015

los niños López

Los pequeños salieron esa tarde cubiertos por una sombra. Una lloraba desconsolada, contagiando entre hipos a su compañera. Otro confesó haber pasado el peor día de su vida.

Uno de los mayores y mejores referentes de su vida durante los dos últimos años, se depedía de ellos con un abrazo y un beso, deseándoles feliz verano. Pero ese día el verano no se les planteaba nada feliz: a la vuelta de las vacaciones estarían todos separados y sin él.

¿Qué les deparaba el destino? ¿Cómo los mezclarían? ¿Quién sería a partir de ahora su guía diaria hacia el conocimiento y las relaciones con sus compañeros? Tantas preguntas revoloteaban por sus cabecitas en esos momentos en que "su Alfredo" abría el último regalo que sus pequeños iban a entregarle. Tantas preguntas mientras le rodeaban entusiasmados intentando no desperdiciar ni un segundo a su lado. No parecía molestarle esa invasión de su espacio, como siempre, se mostró encantado con su grupo.

Ellas estaban casi más tristes que sus retoños. Las alegres conversaciones de esos días sobre el regalo y las sonrisas de esa tarde en la fila, quedaron enturbiadas por los gestos y dudas de sus hijos, por los abrazos en forma de lapa que daban a las piernas de su tutor.

Su tutor, ese joven que ha pasado con sus hijos un tercio de sus vidas durante estos dos años, enseñándoles tanto y concienciándolos de que cuiden el planeta. Ese que, con su eterna sonrisa, les proporcionaba a ellas cada día la confianza necesaria para dejar sus hijos a su cargo y recogerlos felices a la salida.

Besos y abrazos entre unas y otros, los mejores deseos para este verano, propuestas para el horario de la última cena. Y tras eso, caminos separados.

Pero el chat siguió abierto esa tarde y, como cada día, ellas charlaban, y se decían cuánto se echarían de menos el año siguiente, y decidían mantenerlo en el tiempo y seguir con las bromas y comentarios comunes, y se contaban de nuevo la pena que les daba que dividiesen en cuatro este grupo, un grupo tan bueno, tan bien avenido, tan antiguo.

Ese grupo que ha pasado cinco años juntos. Cinco años de juegos, de aprendizaje. Cinco años de crecimiento, de compartir, de ir y venir juntos, de celebrar en bloque el paso de los años. Ese grupo que, cuando tenían tres años, empezó a ser modelado por su amada Ana y ahora dejaba también atrás a su amado Alfredo.

Cinco años siendo, como fueron bautizados ese último día, "los niños López".

19 de mayo de 2015

mi inexistente personaje

Dándole vueltas a un extraño personaje de la serie a la que llevo enganchada seis temporadas, y digo extraño para suavizar un poco lo que se podría decir de él, vino a mi cabeza la siguiente idea: ¿para crear un personaje como éste es necesario tener una mente alterada?

¿Cómo, si no, es posible que se le ocurra poner en su personaje, esos rasgos que parece imposible que existan? ¿cómo puede hacer que casi llegues a considerar que es normal cuando cada dos escenas llegas a la conclusión de que sólo un psicópata pensaría así? ¿cómo puedes adorarle sabiendo a qué se dedica?

Conocer a Dexter y metérseme en la cabeza crear mi propio personaje, fue todo uno.


A los tres capítulos mis sentimientos hacia él no eran aún como los que me invaden ahora, fui cambiando y evolucionando a medida que se iba presentando a mí. Pero ya por aquel entonces había conseguido que mi cabeza diese vueltas, demasiadas veces desde mi punto de vista, a cómo tiene que ser dar vida a un personaje tan complicado y a la vez tan atrayente.


Sin embargo, a los tres meses de conocerle y, a punto de empezar juntos la séptima temporada sin darnos un respiro el uno al otro, mi conexión con Dexter sigue aumentando inexplicablemente, pero mi personaje sigue siendo simplemente y según mis apuntes "un personaje ficticio, con ideas que no coinciden para nada con las mías, del sexo opuesto para alejarlo más aún de la realidad", nada más he conseguido aportarle.

En mi relato de hace días lo hice maduro y con recuerdos de la adolescencia, gracias a un sueño que tuve una noche y que me inspiró una historia, pero no soy capaz de arrancarle nada más a mi seca, literalmente hablando, sesera.

Así que, como tarea para mí misma, he decidido tomarme más en serio mi taller de escritura y me propongo darle vida a este ser que, con un poco de suerte, será capaz de ayudarme a descubrir si se puede crear un personaje que no te involucre lo más mínimo o si, por el contrario, es necesario estar enamorado para crear un personaje que muere de amor, o estar pirado para crear un lunático, e incluso estar al borde de la muerte para recrear lo que piensa un moribundo, etcétera, etcétera, etcétera.

12 de mayo de 2015

soñando un recuerdo soñado

Me despierto sobresaltado y húmedo, totalmente desorientado. No es que no sepa dónde estoy, lo que me gustaría saber es "cuándo" estoy.

Estaba siendo tan real que aún lo siento. No quiero ni pensar que ha sido un simple sueño, que sigue siéndolo. Bueno, simple no, aunque esté soñando, este sueño no tiene nada de simple.

Su complejidad empieza desde el mismo color de sus escenas. Dicen que soñamos en blanco y negro pero, entonces ¿por qué yo sólo veo en blanco y negro su cara? ¿Por qué su camiseta tiene color? Habiendo color, ¿por qué sus ojos se ven grises, transparentes y cálidos, pero grises?

No entiendo nada, pero es que no quiero entender. Sólo quiero sentir. Quiero seguir mirándola y robando sus besos, esos besos ingenuos de la adolescencia. Dicen que los hombres no disfrutamos como las mujeres con un beso, que nos llenan más otras cosas. No sé si será verdad, no sé qué sienten ellas, ni cuánto. Y casi no recuerdo lo que sentía yo. Pero sé que, hasta hace un instante, estaba perdido en sus labios y no lo cambiaría por nada del mundo.

La noche ha sido extraña, aun sabiendo casi con certeza que íbamos a acabar en la cama, no tuve seguro, en ningún momento, cuál iba a ser nuestro siguiente paso, ¿cómo saber lo que rondaba por su mente según iban pasando las horas? ¿Y si se arrepentía? ¿O si lo hacía yo? Al fin y al cabo eso no era lo que habíamos acordado en un principio. Vamos a esperar, que aún somos jóvenes.

A pesar de todo, la velada ha sido muy agradable, muy divertida, como siempre con ella, aunque acompañada de un ligero desasosiego, de una alternancia continua de urgencia y de temor a ver que el momento se acercaba.

Probablemente por su mente hayan pasado las mismas ideas que por la mía. Quizá ella también ha pensado en algún momento que seguir tomando una copa era perder minutos de ese futuro cercano en el que nuestros cuerpos iban por fin a encontrarse. Quizá ella también tuvo otros pensamientos, como imaginarnos allí mismo, en el bar, dando rienda suelta a nuestras ganas, sin ocultar, sin esperar, simplemente dejando que el ambiente se fuese caldeando de una manera fluida y lógica. 

Pero ahora no sé que pensaba ella, no puedo saberlo porque me he despertado. Y no quiero, por eso no abro los ojos. Por eso no suelto la sensación de sus labios sobre los míos. Me he ido del tema, estaba dándole vueltas a lo que significan para mí los besos o, más bien lo que creí que significaban, porque acabo de descubrir que, el calor de esos labios, la humedad de su lengua y la suavidad con la que los mezclaba con los míos, me ha transportado a un estado mantenido de placer sosegado, entregado y, aparentemente, sin hora de terminación.

Si me hubiese besado así en el bar, o si me hubiese atrapado con su boca al quedarnos solos, habría sido para mí, además de un gusto, un paso evidente y necesario de aproximación a la intimidad de nuestros cuerpos. Pero no. Ha sido ahora, después de sudar, después de haber jugado juntos bajo la sábana y haber sentido como me rodeaba con sus piernas.

Ha sido ahora y, por extraño que parezca, me ha llenado más de lo que lo hubiese hecho al principio. Si me hubiesen preguntado si me gustan los largos besos después de un buen polvo, seguramente hubiese contestado que ni mi cuerpo, ni mi mente exhaustos tienen nada que ofrecer en esos momentos y que no sería capaz de disfrutarlos del todo. Pero, para mi propia perplejidad, debo decir que hoy no hubiera parado de besarla.

¿Quién me ha despertado? ¿Acaso era ya la hora de irme, tan pronto? No pierdo la esperanza de volver a soñar con ella, en otro encuentro furtivo en aquel cuento de adolescentes en que vivimos unos años, cuando yo no sabía que ella estaba a mi alcance y ella ignoraba que mi ser no siempre pensaba en ella de una manera inocente. 

Ahora estoy de vuelta a la realidad, al presente, al momento exacto en que la consciencia me demuestra que aquello no ocurrió, que los 16 años quedaron atrás y aquel lugar también. Y sabiendo que ella sigue existiendo, con su carita picarona y su atractivo juvenil, pero con otra vida y tan lejos de mi cuerpo...





1 de abril de 2015

las medicinas de mi alma

buscar la sencillez
deleitarme con una onza de chocolate
practicar yoga
masajearme los pies con aceite
equilibrar mis centros energéticos
pintar el arcoiris en las uñas de mis pies
comer sano
compartir mis propósitos
montar en bicicleta
acurrucarme en mi hombre
sentir dos manitas de niña en mi cara
admirar una buena fotografía
regar las hortensias
bailar danza oriental
disfrutar los pequeños momentos
tomar el sol en primavera
colorear mandalas
no llevar reloj
oler aceites esenciales
recordar los tulipanes holandeses
llorar escuchando Penélope
abrazar a mi hija
contemplar el atardecer en mi pueblo
entrenar el buen humor
ir al cine
emocionarme de nuevo con "Love actually"
dar amor
saborear un yogur natural casero
calentarme con una infusión
una buena obra de teatro
meditar
engancharme a otra buena serie
salir con mis amigas
charlar con mi familia
recordar mis sueños
recibir amor
pasear por el monte
aprender sevillanas
mimar mi cuerpo
hacer un puzzle
caminar descalza
leer en la terraza
mirar la luna
sentir llegar la primavera
recrearme en sus olores
observar sus colores
cuidar el acuario
jugar con la peque
sentirme en armonía con la naturaleza
regalarme un capricho
¡o varios!