12 de abril de 2016

¿otro té?

Pasaste tanto tiempo sin sentir apenas emociones, que ahora a la más mínima, te desbordas. 

Pasar de un extremo a otro nunca fue bueno, y por eso has intentado evitarlo, para algo te ha servido dedicar tanto tiempo a conocerte. Pero no es tan sencillo encontrar el punto medio. Además, no es sólo pasar de estar triste a estar feliz. Ni dejar de estar enfadada para estar contenta. 

Es pasar de vivir en un envoltorio carente de sensaciones y una mente vacía de anhelos que convirtieron a tu alma en algo ausente, a darte cuenta de que estás viva y que cada poro de tu piel te lo recuerde, que a cada minuto un pensamiento te haga consciente de ello y que tu alma se sienta al fin libre.

Es trabajar largo tiempo buscándote, sin saber qué buscas y creyendo que no sabes quién eres. Y por fin darte cuenta de que sí lo sabes, que ya fuiste antes esa persona y que sólo te habías perdido en la vida de otros y en la que creías que debía ser la tuya.

El proceso llevó su tiempo, lo fuiste comprendiendo, viviendo, adaptándote poco a poco a ello y aceptando que algo debías cambiar. Y te sentiste resurgir, y reencontrándote con aquella persona que poco a poco iba asomando tímidamente.

Pero por muy progresivo que haya sido, fue de golpe cuando te diste cuenta de lo esencial. Y fue de repente cuando empezaste a sentirlo. Y entonces fue cuando dejaste de controlarlo.

Ahora, ralentizando tu día a día, te das cuenta de cómo sucedió todo, de cómo pasaste de un extremo al otro y la cagaste justo cuando empezabas a estar bien. Pero no te preocupes, no te ha ocurrido a ti sola, has pasado por lo que se conoce como euforia y que nace tras mucho tiempo de represión.

La cosa sucede así: llega ese día en que te sientes de nuevo llena de emociones y crees ser una tetera repleta de infusión caliente y humeante. Estás allí feliz, reposando en la encimera, plena de vida nueva, reencontrada y deseosa de compartirla con quienes te rodean y demostrarles lo dichosa que te sientes. Estás en tu cocina, bien acompañada, con un par de tacitas y un azucarero y les das a probar tu té y les gusta, te sientes cómoda, se calientan a tu lado, a un tiempo y disfrutáis y compartís las sensaciones al mismo ritmo.

Y un día alguien coloca la tetera en una bandeja y la saca a la barra de una cafetería. Te sientes entusiasmada, más llena de líquido que nunca y muy ardiente, ahora sientes mucho más las emociones, ese té que te llena y notas que vas a explotar si no les das salida y las compartes. Y allí estás, esperando a que llegue la primera persona que quiera una infusión, te coja con sus manos, te incline y se sirva parte de tu interior en una taza. Y ahí es cuando te derramas, te viertes fuera de la taza y lo inundas todo de lágrimas, a veces de alegría, a veces de emoción a veces y por suerte, de tristeza también. Ahora sí que te sientes viva, y te gusta. Te gusta tanto que decides quedarte en la barra y te olvidas de esa tranquila cocina que te brindaba tanta paz.

Y empiezas a servir tazas a todas horas y a cualquiera que te la pida, incluso las ofreces y anuncias en la entrada por si alguien que pase por la calle quiere entrar a probar un poco de tu ardiente y sabroso té. Y no entiendes muy bien por qué lo haces, por qué necesitas compartirlo en todo momento y con tantas personas. Pero te hace feliz, te sientes bien al hacerlo y eso es suficiente para ti, al fin y al cabo llevabas demasiado tiempo sin sentir tan intensamente. Y sigues regalando tu oro líquido, todas tus emociones, pensamientos y sentimientos salen por el pitorro de esa tetera que eres y llenan todo tipo de tazas y vasos. Y ellos lo aceptan felices, pues es sabrosa tu infusión, es cálida, dulce y picante a la vez, les encanta.

El té de tu interior nunca se acaba, ya no te llena nunca hasta los topes, pero cada día fabricas nuevo, no te cuesta, se cocina sólo en ese fuego interior que ahora arde incansable. 

Pero poco a poco empiezas a ser consciente de que esa tetera, que cuando estaba a punto de explotar te hacía sentir plena y viva, ahora a veces te hace sentir vacía, porque la infusión de tu interior la consumen demasiadas personas, a las que en el fondo les gusta cualquier tipo de bebida y muchas se van llevando sus vasos a otros bares. Y sólo algunas tazas se quedan. 

Y tú, en tu afán de llenar los recipientes de otros de alegre dulzura, picantes momentos y cálidos ratos de conversación, has dejado de dedicar tu tiempo a saborear eso tan rico que llevas dentro, no tienes tiempo de disfrutar de ese té, de sentir su calor en tu interior y de notar cómo te colma.

Y por eso una noche decides retirarte, abandonar la barra a la que te asomaste curiosa y ávida de experiencias y buscar un refugio en la cocina donde, sin dejar de sentirte viva, puedes ahora unir el placer de esas fuertes emociones reencontradas, al sentimiento de paz que te llena cuando sientes que estás de nuevo en tu camino.


3 comentarios:

  1. El equilibrio, ese espacio mítico hacia el que tender, ese instante que apenas eres capaz de percibir cuando ya lo estás perdiendo...creo que la vida es esa tensión.

    Un saludo

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  2. Te derramas porque el Amor rebosa, excede el pequeño recipiente humano que nos contiene.
    No somos el cuerpo, el cuerpo es el recipiente que nos oprime.
    Leafar Savir

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