audrey

una cosa tan bonita

se merece una página propia



 


La gentileza hecha figura, la esbeltez como tarjeta.




Distinción, clase y elegancia hicieron de ella la mejor presencia posible que un pintor hubiera podido imaginar jamás. 

   


Audrey Hepburn nació en Bélgica el cuatro de mayo de 1929, en el seno de una familia acomodada, descendientes y emparentados con la nobleza.




Después de varios papeles mediocres en el cine, le vino una gran oportunidad en la representación del musical Gigí en Broadway.






A partir de ese momento, su carrera comenzó a despegar en Hollywood, donde se convirtió rápidamente en la imagen de belleza y glamour, en parte gracias al éxito de su primera película allí “Vacaciones en Roma”, por la que obtuvo su único Oscar.





Una exitosa carrera cinematográfica que arrancó como tantas otras desde el mundo del baile, propiciada en parte por su extraordinaria delgadez fruto de la malnutrición que sufrió durante la segunda guerra mundial.



Después vinieron éxitos como “Sabrina” con Humphrey Bogart, y la adaptación de la obra de Tolstoi “Guerra y paz” junto a su primer marido Mel Ferrer.  




La película de 1957 “Una cara con ángel” junto a Fred Astaire, se convirtió en su favorita al poder cumplir el sueño de bailar junto al galán americano.


     


A esta le siguieron “Historia de una monja”, un giro radical de sus papeles,  “Desayuno con diamantes” con George Peppard, “Charada” con Cary Grant, “My fair lady” de George Cukor y “Sola en la oscuridad”. 





Tuvieron que pasar más de nueve años para que volviera a interpretar un papel, el de Lady Marian junto a Sean Connery en la versión de Richard Lester “Robin y Marian”.





Su última aparición fue en la comedia fantástica “Always (Para siempre)” de Steven Spielberg, interpretando el papel de un ángel, un título que define muy bien toda su trayectoria artística.




Fue nominada al premio de la Academia en otras cuatro ocasiones, y a los Globos de Oro en diez, ganándolo dos veces, además de ambos premios honoríficos que recibió tras su muerte.







Fue una de las estrellas más humildes que se han conocido siempre, al vivir alejada de grandes lujos, plantar y cuidar su propio huerto, y colaborar intensamente en diversas campañas con Unicef. 




Falleció en su casa de Suiza el 20 de Enero de 1993, a los 63 años de edad, como consecuencia de un cáncer de colon.





Entre otros muchos homenajes, cabe destacar la estatua que preside la sede de Unicef en Nueva York.








Audrey se convirtió sin quererlo en todo un símbolo de elegancia, glamour y belleza, con una gracia natural increíble que le otorgó una desenvoltura excepcional para el mundo del cine y la moda, algo que ella rechazaba siempre al no querer ser imagen de ostentación ni lujo.


  

Lo dicho, un verdadero ángel.-


(El texto es un regalo de Helí Ledesma)